tale.fyi

Inhalt▾
Inhalt
  1. I
  2. II
  3. III
  4. IV
  5. V
  6. VI
  7. VII
  8. VIII
  9. IX
  10. X
  11. XI
  12. XII
  13. XIII
  14. XIV
  15. XV
  16. XVI
  17. XVII
  18. XVIII
  19. XIX
  20. XX
  21. XXI
  22. XXII
  23. XXIII
  24. XXIV
  25. XXV
  26. XXVI
  27. XXVII
  28. XXVIII
  29. XXIX
  30. XXX
Deutsch ▾

Juan Martín el Empecinado

Benito Pérez Galdós

kostenlos · 63.604 Wörter · Hörbuch (7 Std. 4 Min.), gelesen von Tux für LibriVox

Text von Project Gutenberg

scroll mal ↓weiter ↓

(von vorn beginnen)

Nota de transcripción

  • Los errores de imprenta han sido corregidos.
  • La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.
  • Las rayas intrapárrafos han sido espaciadas según los modernos usos ortotipográficos.
  • Una página en blanco ha sido eliminada.

EPISODIOS NACIONALES


JUAN MARTÍN EL EMPECINADO


Es propiedad. Queda hecho el depósito que marca la ley. Serán furtivos los ejemplares que no lleven el sello del autor.


Imprenta de los Sucesores de Hernando, Quintana, 33.

B. PÉREZ GALDÓS

EPISODIOS NACIONALES

PRIMERA SERIE


JUAN MARTÍN

EL EMPECINADO


41.000

MADRID

LIBRERÍA DE LOS SUCESORES DE HERNANDO

Calle del Arenal, núm. 11.

—

1908

JUAN MARTÍN EL EMPECINADO


I

Anteriormente he contado a ustedes las hazañas de los ejércitos, las luchas de los políticos, la heroica conducta del pueblo dentro de las ciudades; pero esto, con ser tanto, tan vario y no poco interesante, aunque referido por mí, no basta al conocimiento de la gran guerra.

Hablaremos ahora de las guerrillas, que son la verdadera guerra nacional; del levantamiento del pueblo en los campos; de aquellos ejércitos espontáneos, nacidos en la tierra como la yerba nativa, cuya misteriosa simiente no arrojaron las manos del hombre; voy a hablar de aquella organización militar hecha por milagroso instinto a espaldas del Estado, de aquella anarquía reglamentada que reproducía los tiempos primitivos.

Sabrán ustedes que a mitad de 1811, Napoleón, creyendo indispensable tomar a Valencia, puso esta empresa en manos del mariscal Suchet, que había ganado a Lérida en 13 de mayo de 1810, a Tortosa en 2 de enero del siguiente año y en 28 de junio a Tarragona. Asimismo sabrán que las Cortes, dispuestas a defender la ciudad del Turia, enviaron allá al general Blake, regente a la sazón, hombre muy honrado, buen patriota, modesto, respetable, conocedor del arte de la guerra, pero de muy mala fortuna. Sabrán que las fuerzas llevadas por Blake desembarcaron mitad en Alicante, mitad en Almería, uniéndose al tercer ejército, que se vio obligado a empeñar en la venta del Baúl acción muy reñida contra las divisiones de Godinot y Leval. Sabrán que el pobre D. Ambrosio de la Cuadra y el desgraciado D. José de Zayas tuvieron la desdicha de sufrir una derrota medianilla en el mencionado punto, retirándose a Cúllar después de dejar 1.000 prisioneros en poder de los franceses y 450 cuerpos sobre el campo de batalla. Sabrán que Blake marchó a Valencia, recogiendo en el camino cuantas tropas encontró a mano; pero lo que indudablemente no saben es que yo, aunque formaba parte de la expedición desembarcada en Alicante, ni fui a Valencia, ni me encontré en la funesta jornada de la venta del Baúl.

¿Por qué, señores? Porque se enviaron 2.000 hombres a las Cabrillas a unirse a la división del segundo ejército, que mandaba el conde de Montijo, y entre aquellos 2.000 hombres encontrose, no sé si por fortuna o por desgracia, mi humilde persona. La condesa y su hija, que habían desembarcado también en Alicante, y a quienes acompañé mientras me fue posible, separáronse de mí cerca de Alpera para marchar a Madrid, donde residirían, si contrariedades que la madre presentía no las echaban de la corte, en cuyo caso era su propósito establecerse en el solitario castillo de Cifuentes, propiedad de la familia.

De las Cabrillas nos llevaron a Motilla del Palancar, en tierra de Cuenca, donde nos batimos con la división francesa de d’Armagnac, y algunos nos adelantamos por orden superior hasta Huete. Entonces ocurrieron lamentables disensiones entre el Marqués de Zayas y el general Empecinado, saliendo al fin triunfante este último, a quien dieron las Cortes el mando de la quinta división del segundo ejército, con lo cual se evitó la desorganización de las fuerzas que operaban en aquel país. El Empecinado, que en mayo de 1808 había salido de Aranda con un ejército de dos hombres, mandaba en septiembre de 1811 tres mil.

Recuerdo muy bien el aspecto de aquellos miserables pueblos asolados por la guerra. Las humildes casas habían sido incendiadas primero por nuestros guerrilleros para desalojar a los franceses, y luego vueltas a incendiar por estos para impedir que las ocuparan los españoles. Los campos desolados no tenían mulas que los arasen, ni labrador que les diese simiente, y guardaban para mejores tiempos la fuerza generatriz en su seno, fecundado por la sangre de dos naciones. Los graneros estaban vacíos, los establos desiertos, y las pocas reses que no habían sido devoradas por ambos ejércitos se refugiaban, flacas y tristes, en la vecina sierra. En los pueblos no ocupados por la gente armada, no se veía hombre alguno que no fuese anciano o inválido, y algunas mujeres andrajosas y amarillas, estampa viva de la miseria, rasguñaban la tierra con la azada, sembrando en la superficie con esperanza de coger algunas legumbres. Los chicos, desnudos y enfermos, acudían al encuentro de la tropa, pidiendo de comer.

La caza, por lo muy perseguida, era también escasísima, y hasta las abejas parecían suspender su maravillosa industria. Los zánganos asaltaban como ejército famélico las colmenas. Pueblos y villas, en otro tiempo de regular riqueza, estaban miserables, y las familias de labradores acomodados pedían limosna. En la iglesia arruinada o volada o convertida en almacén no se celebraba oficio, porque frecuentemente cura y sacristán se habían ido a la partida. Estaba suspensa la vida, trastornada la Naturaleza, olvidado Dios.

Los militares que habíamos estado en Cádiz echábamos de menos la hartura y abundancia de la improvisada corte, y experimentábamos gran molestia con aquel exiguo comer y beber del segundo ejército. Las largas marchas nos ponían enfermos, y en vano pedíamos un pedazo de pan a la infeliz comarca que atravesábamos.

Cuatro compañías destinadas a reforzar el ejército del Empecinado entraron en Sacedón en una hermosa tarde de otoño. Cerca de la villa vimos un árbol, de cuyas ramas pendían ahorcados y medio desnudos cinco franceses, y un poco más allá algunas mujeres se ocupaban en enterrar no sé si doce o catorce muertos. La gran inopia que padecíamos no nos permitió en verdad enternecernos mucho con lo fúnebre de aquel espectáculo, y atendiendo antes a comer que a llorar (por mandato de la estúpida bestia humana), nos acercamos al primer grupo de enterradoras, significándolas bruscamente que nuestras respetables personas necesitaban vivir para defender la patria.

—Vayan al diablo a que les dé raciones —nos contestó de muy mal talante una vieja—. Con dos cebollas podridas nos hemos quitado un día más de encima mis nietas y yo, ¡y nos piden ustedes que les llenemos la panza!

—Señora, tripas llevan pies, que no pies tripas, como dijo el otro; y que nos han de dar raciones no tiene duda, porque estos valientes soldados no han probado nada desde ayer.

deine Stelle wird wiederhergestellt…

der Rest wird geladen…

Mehr von Benito Pérez Galdós

  • Bailén
    Gabriel Araceli, el joven narrador de Galdós, se ve arrastrado hacia el sur en el verano de 1808, rumbo al enfrentamiento del ejército español con las tropas de Napoleón en Bailén. Se lee como una aventura animada con la historia marchando al lado, llena de polvo, calor y compañeros raros que encuentra en el camino.
  • Cádiz
    Gabriel Araceli está en el Cádiz sitiado mientras las Cortes discuten la primera constitución de España, y se enreda con el voluble y temerario lord Gray. Galdós se divierte con los cafés, los salones y las charlas políticas; aquí la historia viene con celos y bromas.
  • Fortunata y Jacinta (Cuarta parte)
    La última parte de la novela madrileña de Galdós, donde llega la hora de pagar lo que las tres primeras partes pusieron en marcha entre Fortunata, Jacinta, Juanito y Maxi. Por sí sola tiene poco sentido, así que léela después de las otras.

—

danke fürs Lesen

Juan Martín el Empecinado von Benito Pérez Galdós. Der Text ist in den USA gemeinfrei, digitalisiert von den Freiwilligen von Project Gutenberg. Wir liefern ihn aus unserer eigenen Kopie aus.

Gesprochen von Tux für LibriVox, ebenfalls gemeinfrei.

tale.fyi