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  1. NOVELA
  2. 1920
  3. INFANCIA
  4. I
  5. SHANTI SE DISCULPA
  6. II
  7. EL MAR ANTIGUO
  8. III
  9. TENGO QUE HABLAR DE MÍ MISMO
  10. IV
  11. LA CASA DE MI ABUELA
  12. V
  13. LA TÍA ÚRSULA
  14. VI
  15. LOPE DE AGUIRRE, EL TRAIDOR
  16. VII
  17. EL FUNERAL DE MI TÍO JUAN
  18. VIII
  19. CORRERÍAS DE CHICO
  20. IX
  21. YURRUMENDI, EL FANTÁSTICO
  22. X
  23. LAS INDIGNACIONES DE SHACU
  24. XI
  25. EL NAUFRAGIO DEL "STELLA MARIS"
  26. XII
  27. NUESTRA GRAN AVENTURA
  28. XIII
  29. LA GRUTA DEL IZARRA
  30. LIBRO SEGUNDO
  31. JUVENTUD
  32. I
  33. MIS PRIMEROS VIAJES
  34. II
  35. HISTORIA DE LA "BELLA VIZCAÍNA"
  36. III
  37. DOLORES DE VANIDAD
  38. IV
  39. LA PALMERA Y EL PINO
  40. V
  41. NUEVAS FATIGAS DE AMOR
  42. VI
  43. GRANDEZA Y MISERIA
  44. VII
  45. EL PARADERO DE JUAN DE AGUIRRE
  46. LIBRO TERCERO
  47. LA VUELTA AL HOGARO
  48. I
  49. LA HERIDA
  50. II
  51. LÚZARO Y SU FORMACIÓN
  52. III
  53. LA TERTULIA DE LA RELOJERÍA
  54. IV
  55. LA PLAYA DE LAS ÁNIMAS
  56. V
  57. FRAYBURU
  58. VI
  59. BISUSALDE
  60. VII
  61. EL RECADO
  62. VIII
  63. URBISTONDO Y SU FAMILIA
  64. IX
  65. EL DEVOCIONARIO DE ALLEN
  66. X
  67. LA CUEVA DE LA SERPIENTE
  68. LIBRO CUARTO
  69. LA URCA HOLANDESA. "EL DRAGÓN»
  70. I
  71. EL CAPITÁN DE LA "DAMA ZURI"
  72. II
  73. NARRACION DE ITCHASO
  74. LOS DOS CAMINOS DEL MARINO
  75. III
  76. EL CAPITÁN ZALDUMBIDE
  77. IV
  78. DE OTRAS PERSONAS DISTINGUIDAS QUE FORMABAN LA TRIPULACIÓN DE "EL DRAGÓN"
  79. V
  80. LOS DOS TRISTANES
  81. VI
  82. LA SUBLEVACIÓN
  83. VII
  84. POR EL PACÍFICO
  85. LIBRO QUINTO
  86. JUAN MACHIN, EL MINERO
  87. I
  88. MALA NOTICIA
  89. II
  90. DÍAS FELICES
  91. III
  92. UNA NOCHE EN FRAYBURU
  93. IV
  94. ARDIDES DE GUERRA
  95. V
  96. LA TEMPESTAD
  97. VI
  98. UNA CANCIÓN PESADA
  99. VII
  100. MACHÍN DESAPARECE
  101. LIBRO SEXTO
  102. LA SHELE
  103. I
  104. HABLA EL MÉDICO VIEJO
  105. II
  106. LA CONFESIÓN
  107. III
  108. LA VENTA DE LA TERNERA
  109. IV
  110. EL FINAL DE LA SHELE
  111. LIBRO SÉPTIMO
  112. EL MANUSCRITO DE JUAN DE AGUIRRE
  113. I
  114. RESOLUCIÓN DESESPERADA
  115. II
  116. DE NEGRERO
  117. III
  118. EL PONTÓN
  119. IV
  120. LA EVASIÓN
  121. V
  122. A LA DERIVA
  123. VI
  124. LA CASA HOSPITALARIA
  125. VII
  126. EL ODIO ESTALLA
  127. VIII
  128. PATRICIO ALLEN Y EL TESORO DE ZALDUMBIDE
  129. EPÍLOGO
  130. FIN
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Las inquietudes de Shanti Andía

Pío Baroja

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NOVELA

1920

INDICE


LIBRO PRIMERO

INFANCIA

I.--Shanti se disculpa
II.--El mar antiguo
III.--Tengo que hablar de mí mismo
IV.--La casa de mi abuela
V.--La tía Úrsula
VI.--Lope de Aguirre, el traidor
VII.--El funeral de mi tío Juan
VIII.--Correrías de chico
IX.--Yurrumendi, el fantástico
X.--Las indignaciones de Shacu
XI.--El naufragio del «Stella Maris»
XII.--Nuestra gran aventura
XIII.--La gruta del Izarra

LIBRO SEGUNDO

JUVENTUD

I.--Mis primeros viajes
II.--Historia de la «Bella Vizcaína»
III.--Dolores de vanidad
IV.--La palmera y el pino
V.--Nuevas fatigas de amor
VI.--Grandeza y miseria
VII.--El paradero de Juan de Aguirre

LIBRO TERTERO

LA VUELTA AL HOGARO

I.--La herida
II.--Lúzaro y su formación
III.--La tertulia de la relojería
IV.--La playa de las Ánimas
V.--Frayburu
VI.--Bisusalde
VII.--El recado
VIII.--Urbistondo y su familia
IX.--El devocionario de Allen
X.--La cueva de la serpiente

LIBRO CUARTO

LA URCA HOLANDESA, «EL DRAGÓN»

I.--El capitán de la «Dama Zuri»
II.--NARRACION DE ITCHASO.--Los dos caminos del marino
III.--El capitán Zaldumbide
IV.--De otras personas distinguidas que formaban la tripulación de «El Dragón»
V.--Los dos Tristanes
VI.--La sublevación
VII.--Por el Pacífico

LIBRO QUINTO

JUAN MACHÍN, EL MINERO

I.--Mala noticia
II.--Días felices
III.--Una noche en Frayburu
IV.--Ardides de guerra
V.--La tempestad
VI.--Una canción pesada
VII.--Machín desaparece

LIBRO SEXTO

LA SHELE

I.--Habla el médico viejo
II.--La confesión
III.--La venta de la ternera
IV.--El final de la Shele

LIBRO SÉPTIMO

EL MANUSCRITO DE JUAN DE AGUIRRE

I.--Resolución desesperada
II.--De negrero
III.--El pontón
IV.--La evasión
V.--A la deriva
VI.--La casa hospitalaria
VII.--El odio estalla
VIII.--Patricio Allen y el tesoro de Zaldumbide

EPÍLOGO


INFANCIA


I


SHANTI SE DISCULPA

Las condiciones en que se desliza la vida actual hacen a la mayoría de la gente opaca y sin interés. Hoy, a casi nadie le ocurre algo digno de ser contado. La generalidad de los hombres nadamos en el océano de la vulgaridad. Ni nuestros amores, ni nuestras aventuras, ni nuestros pensamientos tienen bastante interés para ser comunicados a los demás, a no ser que se exageren y se transformen. La sociedad va uniformando la vida, las ideas, las aspiraciones de todos.

Yo, en cierta época de mi existencia, he pasado por algunos momentos difíciles, y el recordarlos, sin duda, despertó en mí la gana de escribir. El ver mis recuerdos fijados en el papel me daba la impresión de hallarse escritos por otro, y este desdoblamiento de mi persona en narrador y lector me indujo a continuar.

No tenía la menor intención de dar mis cuartillas a la imprenta; pero, cuando salió El Correo de Lúzaro, todos los amigos me instaron para que publicase mis memorias en el periódico.

Debía colaborar en la cultura de la ciudad. Yo era uno de los puntales de la civilización luzarense. Nos reímos en casa un poco de estos elogios y comencé a publicar mi diario en El Correo de Lúzaro y a pagar periódicamente las facturas de la imprenta.

Estuve ausente de Lúzaro una semana para llevar mi segundo hijo al colegio, y al volver de mi viaje me encontré con que El Correo había pasado a mejor vida, y mis memorias quedaban colgadas en lo que yo consideraba más interesante. A pesar del interés supuesto por mí, nadie se ocupó de saber su continuación, lo cual sirvió para mortificar bastante mi amor propio de literato.

Ahora, mi amigo Cincunegui se ha empeñado en que publique mi diario íntegro. Lúzaro necesita un grande hombre; le es preciso tener una figura presentable ante los ojos del mundo. Desde la muerte de don Blas de Artola, el teniente de navío retirado, la plaza de hombre ilustre está vacante en nuestro pueblo. Cincunegui excita mis sentimientos ambiciosos, quiere mi encumbramiento, mi exaltación; según él, no puedo dejar a mis paisanos en la orfandad en que se hallan; debo llegar al pináculo de la gloria.

A mí, la verdad, la gloria no me entusiasma. La gloria no es para los países lluviosos; tener una estatua a orillas del Mediterráneo, en una ciudad de Andalucía, de Valencia o de Italia, está bien; ¿pero qué voy a hacer yo si en premio de este libro me levantan una estatua en Lúzaro? ¿Estar recibiendo constantemente la lluvia en la espalda?

No, no; soy muy reumático, y ni aun en efigie me gustaría estar asi a la intemperie.

¿Habrá que decir a mis lectores que no tengo pretensión literaria alguna? Ellos lo verán si hojean, aunque sea distraídamente, las páginas de mi libro. Estas cuartillas están escritas en distintas épocas de mi vida y con diferentes estados de ánimo. El sentimiento ha sido sincero; la forma, seguramente, poco hábil. Mi público creo que no me reprochará mi falta de atildamiento. Más que para los jóvenes críticos del casino de Lúzaro, escribo para mis amigos del Guezurrechape de Cay luce (El mentidero del Muelle largo).

Soy un marino poco culto, un rudo marino, como dicen en los folletines y melodramas, y de mí no hay que esperar los perfiles literarios de un profesor de retórica.


II


EL MAR ANTIGUO

He tenido fama de indolente y optimista, de indiferente y apático. Basta poseer una reputación cualquiera, buena o mala, para que las personas conocidas por uno vayan poniendo su piedra en el monumento de valor o de cobardía, de ingenio o de brutalidad, asignado a cada uno.

Esta colaboración espontánea adorna los grandes hechos y los grandes caracteres. El uno insinúa: "Podría ser"; el otro añade: "Se dice"; un tercero agrega: "Ocurrió asi", y el último asegura: "Lo he visto...." De este modo se va formando la historia, que es el folletín de las personas serias.

Según la gente de mi pueblo, la indolencia mía ha sido de esas extraordinarias: borrascas, tempestades, rayos, truenos, nada ha logrado sacarme de mi pasividad habitual.

Se han inventado anécdotas acerca de mi frialdad y de mi indiferencia. Una vez, un juramentado de Filipinas vino a mí, con el yatagán levantado, a cortarme la cabeza; yo le miré y bostecé de fastidio.

Es indudable que el fondo mío de pereza, de indolencia, ha dado pábulo a estas historias, no lo niego; lo inaudito para mis panegiristas o para mis detractores sería si oyeran que con frecuencia me lamento de mi manera de ser. ¿De no tener mayor actividad? ¿De no tener más espíritu de empresa?

No, de todo lo contrario. Ciertamente es una demostración de mi naturaleza cínica e inmoral; pero la verdad ante todo.

La mayoría de los hombres se sienten muy orgullosos de su constancia, de la permanencia de sus propósitos. Son consecuentes como el acero de una brújula rota o enmohecida, y esto les parece una gran virtud.

Saben adónde van, de dónde vienen. Cada paso en el camino de la vida lo llevan contado y calculado.

Si les escuchamos, nos dirán: "No nos detengamos a contemplar el mar o las estrellas; no hay que distraerse. El camino espera. Corremos el peligro de no llegar al fin".

¡El fin! ¡Qué ilusión! No hay fin en la vida. El fin es un punto en el espacio y en el tiempo, no más trascendental que el punto precedente o el siguiente.

Debe ser grande el asombro de esos hombres discretos, previsores y sensatos, al ver a muchos que, sin preocuparse gran cosa por las revueltas del camino, van llevados en alas de la suerte por iguales derroteros que ellos, y que tienen, ¡los insensatos!, además de la satisfacción de conseguir un fin, cuando lo consiguen, el placer de mirar a un lado y a otro de su ruta y de ver cómo sale el sol y se pone el sol, y cómo brotan las estrellas en el cielo de las noches serenas.

La preocupación por conseguir un fin nos intranquiliza a todos los hombres, aun a los más desaprensivos, aun a los más indolentes, y yo, por mi parte, hubiera deseado vivir todavía más en cada hora, en cada minuto, sin la nostalgia del pasado ni la ansiedad por el porvenir.

Este deseo es consecuencia de mi fondo de epicurismo y de la decantada indolencia que tanto me han reprochado, y que, sin duda, desarrolla y exagera la vida del marino.

Realmente, el mar nos aniquila y nos consume, agota nuestra fantasía y nuestra voluntad. Su infinita monotonía, sus infinitos cambios, su soledad inmensa nos arrastran a la contemplación.

Esas olas verdes, mansas, esas espumas blanquecinas donde se mece nuestra pupila, van como rozando nuestra alma, desgastando nuestra personalidad, hasta hacerla puramente contemplativa, hasta identificarla con la Naturaleza.

Queremos comprender al mar, y no le comprendemos; queremos hallarle una razón, y no se la hallamos. Es un monstruo, una esfinge incomprensible; muerto es el laboratorio de la vida, inerte es la representación de la constante inquietud. Muchas veces sospechamos si habrá en él escondido algo como una lección; en momentos se figura uno haber descifrado su misterio; en otros, se nos escapa su enseñanza y se pierde en el reflejo de las olas y en el silbido del viento.

Todos, sin saber por qué, suponemos al mar mujer, todos le dotamos de una personalidad instintiva y cambiante, enigmática y pérfida.

En la Naturaleza, en los árboles y en las plantas hay una vaga sombra de justicia y de bondad; en el mar, no: el mar nos sonríe, nos acaricia, nos amenaza, nos aplasta caprichosamente.

Si a uno le coge mozo como a mí, le moldea de una manera definitiva, le hace marino para siempre; al que de niño se entrega a su poder con el alma cándida, con la inteligencia virgen, le convierte en su esclavo.

Para el pescador, para el hombre ignorante y sencillo que no puede apoyar sus ideas en las bases de la ciencia, el mar es un tirano, le engaña, le adula, le seduce, le ahoga. Para el pobre marinero, el mar es el summum del interés, del encanto, de la variedad. Esos trabajadores míseros cuya vida es una continua lucha y un esfuerzo titánico y desproporcionado, son muchas veces felices, y el mar, su enemigo, el mar, el monstruo incomprensible, llena su existencia y hace su felicidad.

Para nosotros los marinos de altura, el mar es principalmente una ruta, es casi exclusivamente un camino. ¡Pero qué camino!

Yo no olvidaré nunca la primera vez que atravesé el Océano. Todavía el barco de vela dominaba el mundo.

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Las inquietudes de Shanti Andía von Pío Baroja. Der Text ist in den USA gemeinfrei, digitalisiert von den Freiwilligen von Project Gutenberg. Wir liefern ihn aus unserer eigenen Kopie aus.

Gesprochen von mpinedag für LibriVox, ebenfalls gemeinfrei.

tale.fyi