tale.fyi

Inhalt▾
Inhalt
  1. I
  2. II
  3. III
  4. IV
  5. V
  6. VI
  7. VII
  8. VIII
  9. IX
  10. X
  11. XI
  12. XII
  13. XIII
  14. XIV
  15. XV
  16. XVI
  17. XVII
  18. XVIII
  19. XIX
  20. XX
  21. XXI
  22. XXII
  23. XXIII
  24. XXIV
  25. XXV
  26. XXVI
  27. XXVII
  28. XXVIII
  29. XXIX
  30. XXX
  31. XXXI
  32. XXXII
  33. XXXIII
  34. XXXIV
  35. XXXV
  36. XXXVI
  37. XXXVII
  38. XXXVIII
  39. XXXIX
  40. XL
  41. XLI
  42. XLII
  43. XLIII
  44. XLIV
Deutsch ▾

Miau

Benito Pérez Galdós

kostenlos · 97.100 Wörter · Hörbuch (11 Std. 33 Min.), gelesen von Freiwilligen für LibriVox

Text von Project Gutenberg

scroll mal ↓weiter ↓

(von vorn beginnen)

    Es propiedad. Queda hecho
el depósito que marca la ley.
Serán furtivos los ejemplares
que no lleven el sello del autor.

POR

B. PÉREZ GALDÓS

14.000


MADRID
LIBRERÍA DE PERLADO, PÁEZ Y C.A
(Sucesores de Hernando)
Arenal, núm, 11.
—
1907


Imprenta de los Sucesores de Hernando, Quintana, 33.

Capítulo: I, II, III, IV, V, VI, VII, VIII, IX, X, XI, XII, XIII, XIV, XV, XVI, XVII, XVIII, XIX, XX, XXI, XXII, XXIII, XXIV, XXV, XXVI, XXVII, XXVIII, XXIX, XXX, XXXI, XXXII, XXXIII, XXXIV, XXXV, XXXVI, XXXVII, XXXVIII, XXXIX, XL, XLI, XLII, XLIII, XLIV.

I

Á las cuatro de la tarde, la chiquillería de la escuela pública de la plazuela del Limón salió atropelladamente de clase, con algazara de mil demonios. Ningún himno á la libertad, entre los muchos que se han compuesto en las diferentes naciones, es tan hermoso como el que entonan los oprimidos de la enseñanza elemental al soltar el grillete de la disciplina escolar y echarse á la calle piando y saltando. La furia insana con que se lanzan á los más arriesgados ejercicios de volatinería, los estropicios que suelen causar á algún pacífico transeunte, el delirio de la autonomía individual que á veces acaba en porrazos, lágrimas y cardenales, parecen bosquejo de los triunfos revolucionarios que en edad menos dichosa han de celebrar los hombres... Salieron, como digo, en tropel; el último quería ser el primero, y los pequeños chillaban más que los grandes. Entre ellos había uno de menguada estatura, que se apartó de la bandada para emprender solo y calladito camino de su casa. Y apenas notado por sus compañeros aquel apartamiento que más bien parecía huida, fueron tras él y le acosaron con burlas y cuchufletas, no del mejor gusto. Uno lo cogía del brazo, otro le refregaba la cara con sus manos inocentes, que eran un dechado completo de cuantas porquerías hay en el mundo; pero él logró desasirse y... pies, para qué os quiero. Entonces dos ó tres de los más desvergonzados le tiraron piedras, gritando Miau; y toda la partida repitió con infernal zipizape: Miau, Miau.

El pobre chico de este modo burlado se llamaba Luisito Cadalso, y era bastante mezquino de talla, corto de alientos, descolorido, como de ocho años, quizás de diez, tan tímido que esquivaba la amistad de sus compañeros, temeroso de las bromas de algunos, y sintiéndose sin bríos para devolverlas. Siempre fué el menos arrojado en las travesuras, el más soso y torpe en los juegos, y el más formalito en clase, aunque uno de los menos aventajados, quizás porque su propio encogimiento le impidiera decir bien lo que sabía ó disimular lo que ignoraba. Al doblar la esquina de las Comendadoras de Santiago para ir á su casa, que estaba en la calle de Quiñones, frente á la Cárcel de Mujeres, uniósele uno de sus condiscípulos, muy cargado de libros, la pizarra á la espalda, el pantalón hecho una pura rodillera, el calzado con tragaluces, boina azul en la pelona, y el hocico muy parecido al de un ratón. Llamaban al tal Silvestre Murillo, y era el chico más aplicado de la escuela y el amigo mejor que Cadalso tenía en ella. Su padre, sacristán de la iglesia de Monserrat, le destinaba á seguir la carrera de Derecho, porque se le había metido en la cabeza que el mocoso aquél llegaría á ser personaje, quizás orador célebre, ¿por qué no ministro? La futura celebridad habló así á su compañero:

—Mia tú, Caarso, si á mí me dieran esas chanzas, de la galleta que les pegaba les ponía la cara verde. Pero tú no tienes coraje. Yo digo que no se deben poner motes á las presonas. ¿Sabes tú quién tié la culpa? Pues Posturitas, el de la casa de empréstamos. Ayer fué contando que su mamá había dicho que á tu abuela y á tus tías las llaman las Miaus, porque tienen la fisonomía de las caras, es á saber, como las de los gatos. Dijo que en el paraíso del Teatro Real les pusieron este mal nombre, y que siempre se sientan en el mismo sitio, y que cuando las ven entrar, dice toda la gente del público: «Ahí están ya las Miaus».

Luisito Cadalso se puso muy encarnado. La indignación, la vergüenza y el estupor que sentía, no le permitieron defender la ultrajada dignidad de su familia.

—Posturitas es un ordinario y un disinificante—añadió Silvestre,—y eso de poner motes es de tíos. Su padre es un tío, su madre una tía, y sus tías unas tías. Viven de chuparle la sangre al pobre, y ¿qué te crees? al que no desempresta la capa, le despluman, es á saber, que se la venden y le dejan que se muera de frío. Mi mamá las llama las arpidas. ¿No las has visto tú cuando están en el balcón colgando las capas para que les dé el aire? Son más feas que un túmulo, y dice mi papá que con las narices que tienen se podrían hacer las patas de una mesa y sobraba maera... Pues también. Posturitas es un buen mico; siempre pintándola y haciendo gestos como los clos del Circo. Claro, como á él le han puesto mote, quiere vengarse, encajándotelo á ti. Lo que es á mí no me lo pone, ¡contro!, porque sabe que tengo yo mu malas pulgas, pero mu malas... Como tú eres así tan poquita cosa, es á saber, que no achuchas cuando te dicen algo, vele ahí por qué no te guarda el rispeto.

Cadalsito, deteniéndose en la puerta de su casa, miró á su amigo con tristeza. El otro, arreándole un fuerte codazo, le dijo: «Yo no te llamo Miau, ¡contro!, no tengas cuidado que yo te llame Miau;» y partió á escape hacia Monserrat.

En el portal de la casa en que Cadalso habitaba, había un memorialista. El biombo ó bastidor, forrado de papel imitando jaspes de variadas vetas y colores, ocultaba el hueco del escritorio ó agencia donde asuntos de tanta monta se despachaban de continuo. La multiplicidad de ellos se declaraba en manuscrito cartel, que en la puerta de la casa colgaba. Tenía forma de índice, y decía de esta manera:

Casamientos.—Se andan los pasos de la Vicaría con prontitud y economía.

Doncellas.—Se proporcionan.

Mozos de comedor.—Se facilitan.

Cocineras.—Se procuran.

Profesor de acordeón.—Se recomienda.

Nota.—Hay escritorio reservado para señoras.

Abstraído en sus pensamientos, pasaba el buen Cadalso junto al biombo, cuando por el hueco que éste tenía hacia el interior del portal, salieron estas palabras: «Luisín, bobillo, estoy aquí». Acercóse el muchacho, y una mujerona muy grandona echó los brazos fuera del biombo para cogerle en ellos y acariciarlo: «¡Qué tontín! Pasas sin decirme nada. Aquí te tengo la merienda. Mendizábal fué á las diligencias. Estoy sola, cuidando la oficina, por si viene alguien. ¿Me harás compañía?»

La señora de Mendizábal era de tal corpulencia, que cuando estaba dentro del escritorio parecía que había entrado en él una vaca, acomodando los cuartos traseros en el banquillo y ocupando todo el espacio restante con el desmedido volumen de sus carnes delanteras. No tenía hijos, y se encariñaba con todos los chicos de la vecindad, singularmente con Luisito, merecedor de lástima y mimos por su dulzura humilde, y más que por esto por las hambres que en su casa pasaba, al decir de ella. Todos los días le reservaba una golosina para dársela al volver de la escuela. La de aquella tarde era un bollo (de los que llaman del Santo) que estaba puesto sobre la salbadera, y tenía muchas arenillas pegadas en la costra de azúcar. Pero Cadalsito no reparó en esto al hincarle su diente con gana. «Súbete ahora—le dijo la portera memorialista, mientras él devoraba el bollo con grajea de polvo de escribir;—súbete, cielo, no sea que tu abuela te riña; dejas los libritos, y bajas á hacerme compañía y á jugar con Canelo».

El chiquillo subió con presteza. Abrióle la puerta una señora cuya cara podía dar motivo á controversias numismáticas, como la antigüedad de ciertas monedas que tienen borrada la inscripción, pues unas veces, mirada de perfil y á cierta luz, daban ganas de echarle los sesenta, y otras el observador entendido se contenía en la apreciación de los cuarenta y ocho ó los cincuenta bien conservaditos.

Tenía las facciones menudas y graciosas, del tipo que llaman aniñado, la tez rosada todavía, la cabellera rubia cenicienta, de un color que parecía de alquimia, con cierta efusión extravagante de los mechones próximos á la frente. Veintitantos años antes de lo que aquí se refiere, un periodistín que escribía la cotización de las harinas y las revistas de sociedad, anunciaba de este modo la aparición de aquella dama en los salones del Gobernador de una provincia de tercera clase: «¿Quién es aquella figura arrancada de un cuadro del Beato Angélico, y que viene envuelta en nubes vaporosas y ataviada con el nimbo de oro de la iconografía del siglo XIV?» Las vaporosas nubes eran el vestidillo de gasa que la señora de Villaamil encargó á Madrid por aquellos días, y el áureo nimbo, el demonio me lleve si no era la efusión de la cabellera, que entonces debía de ser rubia, y por tanto cotizable á la par, literariamente, con el oro de Arabia.

Cuatro ó cinco lustros después de estos éxitos de elegancia en aquella ciudad provinciana, cuyo nombre no hace al caso, doña Pura, que así se llamaba la dama, en el momento aquel de abrir la puerta á su nietecillo, llevaba peinador no muy limpio, zapatillas de fieltro no muy nuevas, y bata floja de tartán verde.

—¡Ah!, eres tú, Luisín—le dijo.—Yo creí que era Ponce con los billetes del Real. ¡Y nos prometió venir á las dos! ¡Qué formalidades las de estos jóvenes del día!

En este punto apareció otra señora muy parecida á la anterior en la corta estatura, en lo aniñado de las facciones y en la expresión enigmática de la edad. Vestía chaquetón degenerado, descendiente de un gabán de hombre, y un mandil largo de arpillera, prenda de cocina en todas partes. Era la hermana de doña Pura, y se llamaba Milagros. En el comedor, á donde fué Luis para dejar sus libros, estaba una joven cosiendo, pegada á la ventana para aprovechar la última luz del día, breve como día de Febrero. También aquella hembra se parecía algo á las otras dos, salvo la diferencia de edad. Era Abelarda, hija de doña Pura, y tía de Luisito Cadalso. La madre de éste, Luisa Villaamil, había muerto cuando el pequeñuelo contaba apenas dos años de edad. Del padre de éste, Víctor Cadalso, se hablará más adelante.

Reunidas las tres, picotearon sobre el caso inaudito de que Ponce (novio titular de Abelarda, que obsequiaba á la familia con billetes del Teatro Real) no hubiese parecido á las cuatro y media de la tarde, cuando generalmente llevaba los billetes á las dos. «Así, con estas incertidumbres, no sabiendo una si va ó no va al teatro, no puede determinar nada ni hacer cálculo ninguno para la noche. ¡Qué cachaza de hombre!» Díjolo doña Pura con marcado desprecio del novio de su hija, y ésta le contestó: «Mamá, todavía no es tarde. Hay tiempo de sobra. Verás cómo no falta ése con las entradas».

«Sí; pero en funciones como la de esta noche, cuando los billetes andan tan escasos que hasta influencias se necesitan para hacerse con ellos, es una contracaridad tenernos en este sobresalto».

En tanto, Luisito miraba á su abuela, á su tía mayor, á su tía menor, y comparando la fisonomía de las tres con la del micho que en el comedor estaba, durmiendo á los pies de Abelarda, halló perfecta semejanza entre ellas. Su imaginación viva le sugirió al punto la idea de que las tres mujeres eran gatos en dos pies y vestidos de gente, como los que hay en la obra Los animales pintados por sí mismos; y esta alucinación le llevó á pensar si sería él también gato derecho y si mayaría cuando hablaba. De aquí pasó rápidamente á hacer la observación de que el mote puesto á su abuela y tías en el paraíso del Real, era la cosa más acertada y razonable del mundo. Todo esto germinó en su mente en menos que se dice, con el resplandor inseguro y la volubilidad de un cerebro que se ensaya en la observación y en el raciocinio. No siguió adelante en sus gatescas presunciones, porque su abuelita, poniéndole la mano en la cabeza, le dijo: «¿Pero la Paca no te ha dado esta tarde merienda?»

—Sí, mamá... y ya me la comí. Me dijo que subiera á dejar los libros y que bajara después á jugar con Canelo.

—Pues ve, hijo, ve corriendito, y te estás abajo un rato, si quieres. Pero ahora me acuerdo... vento para arriba pronto, que tu abuelo te necesita para que le hagas un recado.

Despedía la señora en la puerta al chiquillo, cuando de un aposento próximo á la entrada de la casa salió una voz cavernosa y sepulcral, que decía: «Puuura, Puuura».

Abrió ésta una puerta que á la izquierda del pasillo de entrada había, y penetró en el llamado despacho, pieza de poco más de tres varas en cuadro, con ventana á un patio lóbrego. Como la luz del día era ya tan escasa, apenas se veía dentro del aposento más que el cuadro luminoso de la ventana. Sobre él se destacó un sombrajo larguirucho, que al parecer se levantaba de un sillón como si se desdoblase, y se estiró desperezándose, á punto que la temerosa y empañada voz decía: «Pero, mujer, no se te ocurre traerme una luz. Sabes que estoy escribiendo, que anochece más pronto que uno quisiera, y me tienes aquí secándome la vista sobre el condenado papel».

Doña Pura fué hacia el comedor, donde ya su hermana estaba encendiendo una lámpara de petróleo. No tardó en aparecer la señora ante su marido con la luz en la mano. La reducida estancia y su habitante salieron de la obscuridad, como algo que se crea surgiendo de la nada.

deine Stelle wird wiederhergestellt…

der Rest wird geladen…

Mehr von Benito Pérez Galdós

  • Bailén
    Gabriel Araceli, el joven narrador de Galdós, se ve arrastrado hacia el sur en el verano de 1808, rumbo al enfrentamiento del ejército español con las tropas de Napoleón en Bailén. Se lee como una aventura animada con la historia marchando al lado, llena de polvo, calor y compañeros raros que encuentra en el camino.
  • Cádiz
    Gabriel Araceli está en el Cádiz sitiado mientras las Cortes discuten la primera constitución de España, y se enreda con el voluble y temerario lord Gray. Galdós se divierte con los cafés, los salones y las charlas políticas; aquí la historia viene con celos y bromas.
  • Fortunata y Jacinta (Cuarta parte)
    La última parte de la novela madrileña de Galdós, donde llega la hora de pagar lo que las tres primeras partes pusieron en marcha entre Fortunata, Jacinta, Juanito y Maxi. Por sí sola tiene poco sentido, así que léela después de las otras.

—

danke fürs Lesen

Miau von Benito Pérez Galdós. Der Text ist in den USA gemeinfrei, digitalisiert von den Freiwilligen von Project Gutenberg. Wir liefern ihn aus unserer eigenen Kopie aus.

Gesprochen von Epachuko, juanina, mpinedag, Lu, Pablocrdz, Iván Riveros und Carlos Lombardi für LibriVox, ebenfalls gemeinfrei.

tale.fyi