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El prisionero de Zenda
text from Project Gutenberg
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BUENOS AIRES
1909
INDICE
| I. | —Los Raséndil, y dos palabras acerca de los Elsberg |
| II. | —Que trata del color de los cabellos |
| III. | —Francachela nocturna con un pariente lejano |
| IV. | —El Rey acude a la cita |
| V. | —Aventuras de un suplente |
| VI. | —El secreto de un sótano |
| VII. | —Su majestad duerme en Estrelsau |
| VIII. | —Prima rubia y hermano moreno |
| IX. | —Una nueva catapulta |
| X. | —Amores por cuenta ajena |
| XI. | —Caza mayor |
| XII. | —Un anzuelo bien cebado |
| XIII. | —Nueva escala de Jacob |
| XIV. | —Rondando el castillo |
| XV. | —Tentación |
| XVI. | —Un plan desesperado |
| XVII. | —A media noche |
| XVIII. | —Golpe de mano |
| XIX. | —Cara a cara en el bosque |
| XX. | —El prisionero y el Rey |
| XXI. | —¡Hay algo más que amor! |
| XXII. | —Presente, pasado ¿y futuro? |
I
los raséndil, y dos palabras acerca de los elsberg
—¡Pero cuándo llegará el día que hagas algo de provecho, Rodolfo!—exclamó la mujer de mi hermano.
—Mi querida Rosa—repliqué, soltando la cucharilla de que me servía para despachar un huevo,—¿de dónde sacas tú que yo deba hacer cosa alguna, sea o no de provecho? Mi situación es desahogada; poseo una renta casi suficiente para mis gastos (porque sabido es que nadie considera la renta propia como del todo suficiente); gozo de una posición social envidiable: hermano de lord Burlesdón y cuñado de la encantadora Condesa, su esposa. ¿No te parece bastante?
—Veintinueve años tienes, y no has hecho más que...
—¿Pasar el tiempo? Es verdad. Pero en mi familia no necesitamos hacer otra cosa.
Esta salida mía no dejó de producir en Rosa cierto disgustillo, porque todo el mundo sabe (y de aquí que no haya inconveniente en repetirlo) que por muy bonita y distinguida que ella sea, su familia no es con mucho de tan alta alcurnia como la de Raséndil. Amén de sus atractivos personales, poseía Rosa una gran fortuna, y mi hermano Roberto tuvo la discreción de no fijarse mucho en sus pergaminos. A éstos se refirió la siguiente observación de Rosa, que dijo:
—Las familias de alto linaje son, por regla general, peores que las otras.
Al oir esto, no pude menos de llevarme la mano a la cabeza y acariciar mis rojos cabellos; sabía perfectamente lo que ella quería decir.
—¡Cuánto me alegro de que Roberto sea moreno!—agregó.
En aquel momento, Roberto, que se levanta a las siete y trabaja antes de almorzar, entró en el comedor, y, dirigiendo una mirada a su esposa, acarició suavemente su mejilla, algo más encendida que de costumbre.
—¿Qué ocurre, querida mía?—le preguntó.
—Le disgusta que yo no haga nada y que tenga el pelo rojo—dije como ofendido.
—¡Oh! En cuanto a lo del pelo no es culpa suya—admitió Rosa.
—Por regla general, aparece una vez en cada generación—dijo mi hermano.—Y lo mismo pasa con la nariz. Rodolfo ha heredado ambas cosas.
—Que por cierto me gustan mucho—dije levantándome y haciendo una reverencia ante el retrato de la condesa Amelia.
Mi cuñada lanzó una exclamación de impaciencia.
—Quisiera que quitases de ahí ese retrato, Roberto—dijo.
—¡Pero, querida!—exclamó mi hermano.
—¡Santo Cielo!—añadí yo.
—Entonces, siquiera podríamos olvidarlo—continuó Rosa.
—A duras penas, mientras ande Rodolfo por aquí—observó mi hermano.
—¿Y por qué olvidarlo?—pregunté yo.
—¡Rodolfo!—exclamó mi cuñada ruborizándose y más bonita que nunca.
Me eché a reír y volví a mi almuerzo. Por lo pronto me había librado de seguir discutiendo la cuestión de lo que yo debería hacer o emprender. Y para cerrar la polémica y también, lo confieso, para exasperar un poco más a mi severa cuñadita, añadí:
—¡La verdad es que me alegro de ser todo un Elsberg!
Cuando leo una obra cualquiera paso siempre por alto las explicaciones; pero desde el momento en que me pongo a escribir, yo mismo comprendo que una explicación es aquí inevitable. De lo contrario, nadie entenderá por qué mi nariz y mi cabello tienen el don de irritar a mi cuñada y por qué digo de mí que soy un Elsberg. Desde luego, por muy alto que piquen los Raséndil, el mero hecho de pertenecer a esa familia no justifica la pretensión de consanguinidad con el linaje aun más noble de los Elsberg, que son de estirpe regia. ¿Qué parentesco puede existir entre Ruritania y Burlesdón, entre los moradores del palacio de Estrelsau o el castillo de Zenda y los de nuestra casa paterna en Londres?
Pues bien (y conste que voy a sacar a relucir el mismísimo escándalo que mi querida condesa de Burlesdón quisiera ver olvidado para siempre); es el caso que allá por los años de 1733, ocupando el trono inglés Jorge II, hallándose la nación en paz por el momento, y no habiendo empezado aún las contiendas entre el Rey y el príncipe de Gales, vino a visitar la corte de Inglaterra un regio personaje, conocido más tarde en la historia con el nombre de Rodolfo III de Ruritania. Era este Príncipe un mancebo alto y hermoso, a quien caracterizaban (y no me toca a mí decir si en favor o en perjuicio suyo) una nariz extremadamente larga, aguzada y recta, y una cabellera de color rojo obscuro; en una palabra, la nariz y el cabello que han distinguido a los Elsberg desde tiempo inmemorial. Permaneció algunos meses en Inglaterra, donde fue objeto del recibimiento más cortés; pero su salida del país dio algo que hablar. Tuvo un duelo (y muy galante conducta fue la suya al prescindir para el caso de su alto rango), siendo su adversario un noble muy conocido en la buena sociedad de aquel tiempo, no sólo por sus propios méritos, sino también como esposo de una dama hermosísima. Resultado de aquel duelo fue una grave herida que recibió el príncipe Rodolfo, y apenas curado de ella lo sacó ocultamente del país el embajador de Ruritania, a quien dio no poco que hacer aquella aventura de su Príncipe. El noble salió ileso, pero en la mañana misma del duelo, que fue por demás húmeda y fría, contrajo una dolencia que acabó con él a los seis meses de la partida de Rodolfo. Dos meses después dio a luz su esposa un niño que heredó el título y la fortuna de Burlesdón. Fue esta dama la condesa Amelia, cuyo retrato quería retirar mi cuñada del lugar que ocupaba en la casa de mi hermano; y su esposo fue Jaime, cuarto conde de Burlesdón y vigésimo-segundo barón Raséndil, inscrito bajo ambos títulos en la «Guía Oficial de los Pares de Inglaterra,» y caballero de la Orden de la Jarretiera. Cuanto a Rodolfo, regresó a Ruritania, se casó y subió al trono, que sus sucesores han ocupado hasta el momento en que escribo, con excepción de un breve intervalo. Y diré, para terminar, que si el lector visita la galería de retratos de Burlesdón, verá entre los cincuenta pertenecientes a los últimos cien años, cinco o seis, el del quinto Conde inclusive, que se distinguen por la nariz larga, recta y aguzada y el abundante cabello de color rojo obscuro. Estos cinco o seis tienen también ojos azules, siendo así que entre los Raséndil predominan los ojos negros.
Esta es la explicación, y me alegro de haber salido de ella; las manchas de honrada familia son asunto delicado, pero lo cierto es que la transmisión por herencia, de que tanto se habla, es la chismosa mayor y más temible que existe; para ella no hay discreción ni secreto que valga, y a lo mejor inscribe las notas más escandalosas en la «Guía de los Pares.»
Observará el lector que mi cuñada, dando muestras de escasísima lógica, se empeñaba en considerar mi rojiza cabellera casi como una ofensa y en hacerme responsable de ella, apresurándose a suponer en mí, sin otro fundamento que esos rasgos externos, cualidades que por ningún concepto poseo, y mostrando como prueba de tan injusta deducción, lo que ella daba en llamar la vida inútil y sin objeto determinado que he llevado hasta la fecha. Sea de ello lo que fuere, lo cierto es que esa vida me ha proporcionado no escaso placer y abundantes enseñanzas. He estudiado en una universidad alemana y hablo el alemán con tanta facilidad y perfección como el inglés; lo mismo digo del francés, mascullo el italiano y sé jurar en español. No tiro mal la espada, manejo la pistola perfectamente y soy jinete consumado. Tengo completo dominio sobre mí mismo, no obstante el color engañador de mis cabellos; y si el lector insiste en que a pesar de todo lo dicho me hubiera valido más dedicarme a algún trabajo útil, sólo añadiré que mis padres me habían dejado en herencia diez mil pesos de renta y un carácter aventurero.
—La diferencia entre tu hermano y tú—prosiguió mi cuñada, que también gusta de sermonear un poco de cuando en cuando,—está en que él reconoce los deberes de su posición y tú no ves más que las ventajas de la tuya. Ahí tienes a Sir Jacobo Borrodale ofreciéndote precisamente la oportunidad que necesitas y que más te conviene.
—¡Gracias mil!—murmuré.
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