Así se sentirá leer la historia.
Amor y llanto
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COLECCIÓN DE AUTORES ESPAÑOLES.
TOMO XXI
AMOR Y LLANTO.
COLECCIÓN DE LEYENDAS HISTÓRICAS ORIGINALES
DE
MARÍA DEL PILAR SINUÉS DE MARCO.
LEIPZIG
F. A. BROCKHAUS
—
1883.
LA CORONA DE SANGRE
I
LA FAMILIA REAL DE ASTURIAS Y GALICIA
En una de esas tranquilas y apacibles tardes de primavera, tan bellísimas bajo el templado clima de Asturias, dos personas de diferente sexo, pero ambas jóvenes y hermosas, se encontraban en una sala octógona del castillo real de Pravia; tres enormes ventanas, abiertas de par en par, daban luz al aposento, que ostentaba por todo mueblaje algunos sitiales góticos, mezclados con taburetes groseros y oscuros, y una mesa bastante baja y cubierta de un tapete de lana roja, en el cual estaban bordadas en seda las armas reales de los reyes de Asturias y Galicia.
Las paredes, de maciza encina, veíanse decoradas con estandartes godos que formaban trofeos, confundidos y enlazados con alfanjes damasquinos, capacetes árabes y banderas desgarradas de los hijos de Islam: aquellos objetos habían sido arrancados sin duda a los árabes por los reyes montañeses que, desde Pelayo, habían vivido en aquel rincón de Asturias con los destrozados restos del imperio godo.
El aspecto del salón era pobre, severo, sombrío; solo la hermosa y diáfana luz de aquella alegre tarde de abril podía disipar un tanto la melancolía que en él se advertía.
A través de las ventanas se divisaban los cuadrados torreones del monasterio de San Salvador, y las peladas rocas que constituían en aquella época los únicos caminos de Asturias.
Era el siglo VIII y reinaba Fruela I, hijo de Alfonso el Católico, en aquel estrecho y olvidado pedazo del fecundo y hermoso reino de España, a la sazón ocupado casi todo por los árabes.
Una de las dos personas que se hallaban en el aposento que hemos descrito, era una joven, la cual estaba sentada y silenciosa junto a la mesa situada en el fondo de él: ocupaba un alto sitial, tallado, y su blanca y preciosa mano sostenía su frente serena como la de una niña.
Podría tener dieciséis años, y su talla gallarda y esbelta presentaba de lleno el magnífico tipo de la dama goda: su tez blanca y purísima era pálida y transparente; sus ojos azules, rasgados y brillantes, pero melancólicos; su cabellera copiosa, abundante y dorada; su boca rosada como un pimpollo a medio abrir; su nariz recta y delicada; su seno alto y turgente, y su talle esbelto y flexible.
Vestía un brial de lana azul, fino como la seda, de mangas flotantes y cuadrado escote, que dejaba ver una camiseta de blanquísimo lienzo, plegada en su cuello y sujeta con un broche de zafiros; cubría a medias su cabeza una pequeña toca de lienzo, blanca también, que no impedía contemplar cuatro largas, anchas y riquísimas trenzas rubias que se replegaban en el asiento del sitial.
Paseándose lenta y sombríamente por la estancia estaba un mancebo, que aparentaba cuatro o cinco años más que la joven: su belleza era superior a todo encarecimiento, aunque de un género opuesto a la de su compañera; sin embargo, era mucho más hermoso, y mi pluma intentaría en vano pintar sus fogosos y negros ojos, extrañamente grandes, su frente tersa y despejada y sus facciones todas de una perfección y encanto indescriptibles: era uno de esos seres que no se pueden definir, y que es preciso ver para comprender hasta dónde puede Dios hacer hermosa a una criatura humana.
Llevaba una túnica de lana blanca, de pliegues flotantes, ceñida a su esbelto talle con un cinturón de cuero oscuro que sostenía una pequeña daga; unas calzas de lana rojas descubrían las puras y juveniles formas de su pierna, y su cabellera, cortada en redondo a la altura de sus hombros, formaba cerquillo en la frente y bajaba en copiosas ondas oscuras, lucientes y ensortijadas.
Ambos personajes guardaban silencio: la joven, inmóvil, con la diestra en la frente y la mirada perdida, asemejábase a la estatua de la tristeza; el mancebo interrumpía su paseo de vez en cuando deteniéndose en frente de una de las ventanas: entonces sus ojos se fijaban en una inmensa mole de piedra, de las que en aquella época se llamaban castillos roqueños por estar edificados en la cumbre de una roca; la fisonomía del joven se oscurecía terriblemente, y al propio tiempo cerraba este los puños como dominado por un violento furor.
Diríase, sin embargo, que la cólera no podía marcarse durante largo espacio en aquel hermoso y benigno semblante, porque la expresión violenta, que por breves instantes le desfiguraba, desaparecía poco a poco para dar lugar a otra profundamente dolorosa.
La joven fue la primera que salió de sus meditaciones; contempló un momento al mancebo pintándose en su rostro un sentimiento vivísimo de amor y de piedad, y luego, dejando su asiento, fue lentamente a colocarse junto a él y apoyó suavemente en su hombro una de sus manos.
—Bimarano —dijo—, sosiégate; tu sufrimiento desgarra mi corazón... ten esperanza... ¿quién sabe?
—¡Esperanza! —repitió el mancebo cubriéndose el semblante con las manos—, ¡esperanza!... ¡oh, Adosinda! ninguna tengo ya...
recuperando tu lugar…
cargando el resto…