Azabache
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BIBLIOTECA DE «LA NACION»
ANA SEWELL
Azabache
BUENOS AIRES
1909
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PARTE PRIMERA
I
MI PRIMER HOGAR
El primer sitio que puedo recordar distintamente, era una extensa y deliciosa pradera en la que había una pequeña laguna de aguas cristalinas, rodeada de árboles frondosos, y á cuya orilla crecían esbeltos juncos y azulados lirios. A un extremo de la pradera, y detrás de la cerca, se veía el campo labrado, y al otro, el portillo que conducía á la casa de nuestro amo, la cual daba frente á un camino inmediato. No lejos de la laguna había una arboleda de pinos, por cuyo centro cruzaba un arroyo entre pendientes y escarpadas orillas.
Durante mi tierna infancia, y mientras no podía aún comer hierba, mi madre no tenía otra obligación que amamantarme. Corría yo á su lado durante el día, y por la noche me acurrucaba tan cerca de ella como podía, para dormir.
En los días calurosos nuestro sitio eran las inmediaciones del agua, á la sombra de los árboles, y si hacía frío ó llovía nos guarecíamos bajo un cobertizo que había cerca de la arboleda de pinos.
Tan luego como fuí capaz de comer hierba, mi madre iba á trabajar durante el día y regresaba por la noche.
Había en la pradera otros seis potros, todos mayores que yo, y algunos casi tan grandes como caballos. Yo corría con ellos, lo cual constituía mi mayor delicia; galopábamos todos juntos por la llanura, sucediendo á veces que el juego solía traspasar los límites de lo razonable, pues mis compañeros, con frecuencia mordían y daban coces á la par que galopaban.
Cierto día que nos hallábamos en uno de estos ejercicios, y que las coces menudeaban más que de costumbre, mi madre me llamó á su lado con un relincho, y me dijo:
—Quiero que prestes atención á lo que te voy á decir: esos potros con quienes te reunes son unos buenos potros, pero, como destinados al tiro de carros, carecen de buenos modales. Tu nacimiento y educación son diferentes; el nombre de tu padre es conocido en todas partes; tu abuelo ganó la copa de oro dos años en las carreras de los Campos Elíseos; tu abuela tenía el carácter más dulce que caballo alguno puede tener; y en cuanto á mí, creo que nunca me has visto morder ni tirar coces. Espero de ti que harás honor á tu raza, siendo manso y bueno y no aprendiendo feas maneras; cumple siempre tus obligaciones con buena voluntad, levanta bien los pies cuando trotes, y no muerdas ni cocees, ni aun jugando.
Nunca he olvidado el consejo de mi madre, que yo sabía era muy buena é inteligente, y que gozaba por lo mismo de gran cariño por parte de nuestro amo. Su nombre era Duquesa, pero aquél solía casi siempre llamarle Chiquita.
Nuestro amo era un excelente y bondadoso hombre. Nos daba buen alimento, buen alojamiento, y nos hablaba con el mismo cariño que á sus pequeños hijos. Todos lo queríamos por lo tanto, y mi madre particularmente. Cuando ella lo veía cruzar la puerta del cercado, relinchaba de placer y corría á su encuentro; él la acariciaba y le decía: «Bueno, Chiquita, ¿cómo está tu pequeño Negrito?» Mi pelo era negro, y por eso él me llamaba así. Solía darme entonces un pedazo de pan, que me gustaba mucho, y á mi madre una zanahoria. Todos los caballos se le acercaban, pero yo creo que nosotros éramos sus predilectos. Mi madre era la que lo conducía al pueblo en un ligero tílburi todos los días de mercado.
En la granja había un muchacho trabajador, llamado Guillermo, que algunas veces venía á nuestra pradera á coger zarzamoras en las cercas, y que, cuando se hartaba de comer cuantas tenía por conveniente, solía proceder á lo que él llamaba tener un rato de gusto con los potros, arrojándonos piedras y palos para hacernos galopar. No nos importaba mucho aquello, puesto que podíamos correr hasta ponernos lejos de él; pero era el caso que á veces nos alcanzaba alguna de las piedras y no nos hacía ningún provecho.
Un día que Guillermo se hallaba entregado á aquella diversión, muy ajeno de sospechar que el amo lo estaba observando desde el otro lado de la cerca, sucedió que éste la brincó rápidamente, y acercándosele sin ser visto, le administró tan solemne bofetón entre una oreja y el pescuezo, que le hizo dar un grito de dolor y de sorpresa. Nosotros nos aproximamos para ver en qué paraba aquello.
—No te da vergüenza, pícaro —le dijo,— entretenerte en mortificar á estos animales? No es la primera, ni la segunda vez, pero te prometo que será la última; toma tu cuenta y lárgate, pues no quiero verte más en la granja. Y en efecto, nunca más volvimos á ver á Guillermo.
El viejo Daniel, que era el mozo que tenía á su cargo el cuidado de los caballos, era tan bondadoso, como el amo, de modo que no teníamos nada que pedir.
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II
LA CACERÍA
Antes de haber cumplido los dos años, presencié una cosa que nunca he podido olvidar. Era una mañana de primavera, había helado un poco durante la noche anterior, y una ligera niebla envolvía los árboles y se dilataba por la pradera. Yo me hallaba con los otros potros, pastando en la parte baja de la campiña, cuando oímos á lo lejos un ruido que parecía el ladrido de perros. El más viejo de los potros levantó la cabeza, enderezó las orejas y dijo:
—¡Ahí están los galgos!— é inmediatamente galopó, seguido de todos nosotros, en dirección á la parte alta del cercado, desde donde podíamos divisar una larga distancia. Mi madre y un viejo caballo de silla se hallaban allí, y parecía que sabían lo que era aquello.
—Han levantado una liebre-dijo mi madre. — y si toman esta dirección podremos ver la cacería.
A los pocos minutos, una traílla de perros corría como una exhalación por sobre un campo de tierno trigo, inmediato á nuestro cercado. En mi vida había oído un ruido semejante. No ladraban, ni aullaban, ni se quejaban, sino que gritaban todos á la vez ¡yo! ¡yo... o... o...! ¡yo... o... o...!, con toda la fuerza de sus pulmones. Detrás de ellos venía un pelotón de hombres á caballo, algunos con chaquetas verdes, corriendo con tanta velocidad como los perros. El viejo caballo dió un resoplido, siguiéndolos anhelosamente con la vista; nosotros los potros hubiéramos deseado correr con ellos, y en breves momentos se precipitaron en la parte baja del terreno. Me pareció como que había sucedido algo extraordinario; la gritería de los perros cesó, y todos se desparramaron, con las narices pegadas al suelo.
—Han perdido el rastro-dijo el caballo,— y tal vez la liebre logre escaparse.
—¿Qué liebre?— pregunté yo.
—¡Oh! no sé cuál será; lo probable es que sea una de las nuestras, que se crían en el pinar; cualquiera que se ponga al alcance de la vista de los perros es perseguida por ellos y por sus amos.
Al poco rato oímos de nuevo los gritos ¡yo! ¡yo... o... o...!, y el tropel volvía á toda velocidad en dirección á nuestra pradera, precisamente por la parte donde eran más altas las orillas de la vertiente del arroyo.
—Ahora vamos á ver la liebre— dijo mi madre; y no bien había acabado de pronunciar estas palabras, la vimos cruzar como un relámpago, toda asustada, buscando refugio en el pinar. Detrás venían los perros, y al llegar á la orilla del arroyo, una y otros lo saltaron, continuando su vertiginosa, carrera, á través de los sembrados, y seguidos por los cazadores. Seis ú ocho de éstos habían hecho á sus caballos brincar el arroyo inmediatamente detrás de los perros. La liebre trató de cruzar la cerca de nuestra pradera, pero era demasiado espesa, y no encontrando paso, volvió en redondo para tomar la dirección del camino. Era ya tarde para ella; los perros la seguían muy de cerca con sus feroces gritos; oímos de pronto un chillido agudo, y todo acabó. Uno de los cazadores espantó con el látigo á los perros, que pronto hubieran hecho mil pedazos á la pobre liebre, la levantó por una pierna, toda lacerada y sangrando, y todos aquellos caballeros dieron muestras de la mayor complacencia.
Yo estaba tan sorprendido, que por el pronto no vi lo que había pasado en el arroyo; pero cuando miré allí vi un espectáculo bien triste. Dos hermosos caballos yacían tendidos en el fondo, el uno luchando con la corriente, y el otro tendido en la hierba, gimiendo lastimosamente. Uno de los jinetes salía del agua cubierto de lodo, mientras el otro yacía inmóvil.
—Se ha desnucado— dijo mi madre.
—Y lo tiene merecido— añadió uno de los potros.
Yo pensé lo mismo; pero mi madre era, al parecer, de diferente opinión.
—No, hijos míos-dijo,— no digan ustedes eso, por más que, aunque soy vieja y he visto y oído mucho en este mundo, nunca he podido explicarme el placer de los hombres en esa clase de diversiones, en la que unas veces se lastiman ellos, y otras mutilizan hermosos caballos, y destruyen los sembrados, todo por una liebre, ó una zorra, ó un ciervo, que con tanta facilidad podrían adquirir de otro modo; pero nosotros somos caballos, y no entendemos de eso.
Mientras mi madre hablaba, todos mirábamos con atención á lo que estaba pasando. Muchos de los jinetes habían corrido adonde se hallaba el que yacía tendido en el suelo, pero nuestro amo, que lo había presenciado todo, fué el primero en llegar y levantarlo. Su cabeza estaba caída hacia atrás, los brazos le colgaban, y todos los que lo rodeaban parecían muy serios. No se oía entonces el menor ruido; hasta los perros estaban silenciosos, como si comprendiesen que algo grave sucedía. El pobre cazador fué conducido á la casa de nuestro amo. Después oí decir que era Jorge Gordon, hijo único del caballero del mismo apellido, joven hermoso, y orgullo de su familia.
Empezaron entonces las carreras en todas direcciones, unos á llamar un doctor, otros en busca del veterinario, y otros, sin duda, á decirle al caballero Gordon lo que había ocurrido á su infortunado hijo. Cuando llegó el veterinario se dirigió adonde estaba el caballo tendido en la hierba, y después de reconocerlo minuciosamente, movió la cabeza como en señal de desagrado. Un criado fué entonces á casa de nuestro amo, volviendo con una pistola en la mano; al poco rato se oyó una detonación y un lastimero grito, y todo quedó tranquilo; el caballo no se movió más.
Mi madre pareció muy conturbada; dijo que conocía á aquel caballo, que su nombre era Favorito, y que era un excelente animal, sin resabio alguno. Nunca más volvió mi madre á aquella parte del cercado.
Algunos días después, oímos las campanas de la iglesia que tocaban tristemente; y mirando á través del portillo vimos un extraño carruaje negro, todo enlutado, y tirado por caballos negros también; detrás de él iban otros varios, todos enlutados, mientras las campanas seguían tocando. Conducían al cementerio al pobre joven Gordon, que nunca más volvería á montar á caballo. ¡Lo que hicieron con Favorito nunca lo supe; y todo por una triste liebre!
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