Así se sentirá leer la historia.
El Escuadrón del Brigante
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| LAS TRILOGIAS | |
| Pesetas. | |
| Tierra vasca | |
| La casa de Aizgorri | 1,00 |
| El mayorazgo de Labraz | 3,00 |
| Zalacaín, el aventurero | 1,00 |
| La vida fantástica | |
| Camino de perfección | 1,00 |
| Inventos, aventuras y mixtificaciones de Silvestre Paradox | 1,00 |
| Paradox, rey | 3,00 |
| La lucha por la vida | |
| La dama errante | 3,00 |
| La ciudad de la niebla | 3,50 |
| El árbol de la ciencia | 3,50 |
| La lucha por la vida | |
| La busca | 3,50 |
| Mala hierba | 3,50 |
| Aurora roja | 3,50 |
| El Pasado | |
| La feria de los discretos | 3,50 |
| Los últimos románticos | 3,50 |
| Las tragedias grotescas | 3,00 |
| Las ciudades | |
| César ó nada | 4,00 |
| El mundo es ansí | 3,50 |
| El Mar | |
| Las inquietudes de Shanti Andía | 3,50 |
MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCION
El aprendiz de conspirador.
El escuadrón del Brigante.
Los caminos del mundo.
Con la pluma y con el sable.
En tierras lejanas.
El año 30.
La Isabelina (historia de una Sociedad secreta).
La sangre en las calles.
En el seno de la intriga.
El olvidado.
PIO BAROJA
MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCION
EL ESCUADRÓN DEL BRIGANTE
(NOVELA)
MADRID
RENACIMIENTO
Pontejos, 3.
1913
ES PROPIEDAD
ESTABLECIMIENTO TIPOGRÁFICO EDITORIAL.—PONTEJOS 3.
PRÓLOGO
AVIRANETIANA
El autor de las Memorias de un hombre de acción, don Pedro de Leguía y Gaztelumendi, explica en una advertencia preliminar cómo reconstruyó esta parte de la biografía de nuestro héroe, con qué datos contó y en qué fuentes pudo apagar la sed de aviranetismo que le consumía.
Suponiendo que al lector, al menos si es aviranetista convencido, no le ha de cansar la explicación de Leguía, me he tomado el trabajo de copiarla íntegra.
EN LA FONDA DE BAYONA
Una noche de otoño—dice don Pedro Leguía—estábamos reunidos Aviraneta y yo en el comedor de la fonda de Francia, en Bayona. Llevaba lloviendo monótonamente horas y horas, venteaba á ratos y, en el silencio de la ciudad desierta, sólo se oía el gemido del viento y el ruido del agua en los cristales y en las aceras.
Acabábamos de tomar café, y don Eugenio se levantó y se dirigió á su cuarto. Yo le seguí porque, desde varios meses antes, después de la comida, solíamos celebrar una conferencia, larga ó corta, según la importancia de los acontecimientos, para ponernos de acuerdo en el plan del día siguiente.
Don Eugenio ocupaba un gabinete grande con alcoba del piso principal, el número 10.
El encargado de la fonda de Francia, monsieur Durand, á pesar de su entusiasmo por los carlistas, tenía gran estimación por Aviraneta y le reservaba siempre las mejores habitaciones.
Aquella noche, después de entrar en el cuarto, Aviraneta se sentó en el sofá y yo me arrellané en una poltrona.
—¿Hay algo que hacer, maestro?—le pregunté.
—No. ¿Has mandado nuestro folleto á todos los amigos?
—Sí.
El folleto era un cuaderno de pocas páginas, que se titulaba: Apéndice á la vindicación publicada en 20 de Julio de 1838 por don Eugenio de Aviraneta, y estaba impreso en Bayona en la imprenta de Lamaignere, de la calle Bourg Neuf, hacía unas semanas.
—Pues si has mandado todos los folletos no hay nada que hacer.
—¿Por qué no reanuda usted sus memorias, don Eugenio?—le dije—. Tengo interés en oirle contar los episodios de su vida de guerrillero con el cura Merino.
—Amigo Pello—me dijo Aviraneta—, te confieso que no tengo cabeza mas que para lo que está pasando. Aunque parezco tranquilo, me encuentro en un momento de gran ansiedad. Sueño con Maroto y con los antimarotistas. El padre Cirilo, Arias Teijeiro, el obispo de León, Iturbe, Urbiztondo, Espartero y Muñagorri me bailan en la cabeza. En esta semana me juego definitivamente el porvenir.
—Ya lo sé; pero los hombres fuertes estamos por encima de los acontecimientos.
—¡Sí; eso se cree cuando se tiene veinte años como tú; pero cuando se acerca uno á los cincuenta...! La vida es muy dura para empezarla de viejo.
—¡Bah! ¿Eso le preocupa á usted?
—¡No me ha de preocupar!
—No lo creo.
—Hay que ver, amigo Pello, lo que es vivir perseguido, acusado de polizonte, de espía, de canalla y, sobre todo, de hambriento. Como le decían al conde de Mirasol en la carta que te enseñó á ti hace dos años en San Sebastián, yo soy un hombre que no tiene dónde caerse muerto. Cosa cierta, certísima.
—¿Y qué?
—Nada: que ya no me hallo dispuesto á seguir siendo un Quijote. Si yo no hubiera pensado más que en mi vida y en mis intereses, se me consideraría como una persona decente y digna; pero he pensado principalmente en mi país y en la libertad, y esto, sin duda, es un crimen para los que no tienen éxito. No; ya basta. En la lucha he perdido mi carrera, mi fortuna, mi salud, y, sin embargo, políticos logreros de Madrid me acusan de inmoral, de chanchullero. No, no; es bastante.
—¿De manera que, si esto sale bien, se retira usted?
—Ya lo creo.
Yo conocía con toda clase de detalles lo que estaba tramando don Eugenio, y sabía también que del éxito de nuestras intrigas dependía su porvenir y el mío.
Era en 1839. Nos encontrábamos en los días anteriores al convenio de Vergara. Aviraneta estaba preocupado; tenía el ceño que se le ponía cuando tramaba algo; su nariz corva, su ojo bizco, su labio inferior más saliente que de ordinario, su traje negro, le daban el aire de una corneja, de uno de esos pajarracos que unen la rapacidad con el aspecto clerical.
Viendo su murria, dije yo:
—Bueno, maestro, veo que está usted sin humor; me voy.
—Mira—me dijo él, cambiando de tono—, precisamente esa parte de mi vida durante la guerra de la Independencia la tengo en un cuaderno. La comencé á escribir cuando estuve preso en la Cárcel de Corte de Madrid, por los años 34 y 35, y luego he añadido alguna nota. Si encuentro ese cuaderno, te lo llevas.
recuperando tu lugar…
cargando el resto…