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María

Jorge Isaacs

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Juicio crítico

Cuando aparece un joven en la sociedad y se hace conocer por el imprescindible comienzo de unos articulones de política, bien atestados de palabrotas, la sociedad se rasca tras de la oreja y sin embargo acepta con benevolencia al nuevo escritor, porque se le figura que aquel mal principio es una mera equivocación, y que, andando los tiempos, tendrá en el nuevo politiquero no un insecto más que se asile en sus ropas y viva de su sangre, sino un escritor que acreciente la herencia intelectual de nuestros padres. Por desgracia esta esperanza sale fallida las más de las veces: el político en embrión se hace político de profesión, gasta su vida en fraguar artículos que no resisten segunda lectura, y muere sin dejar de ser un muchacho de esperanzas, exactamente lo mismo que el primer día de su carrera. Tal es, en general, la historia de mil notabilidades políticas que hemos tenido, de mil que tenemos y de mil más que tendremos, si la férula de la sociedad no lo remedia.

Por estas razones, cuando aparece un joven que no va A deber su fama a la fácil y bastarda literatura de un articulón, sino al cultivo de las letras en todos sus ramos legítimos, nos congratulamos vivamente; y la sociedad, acostumbrada ya al zumbido odioso del moscardón político, recibe con menos estrépito, pero con íntimo gozo, al que viene a compensarle ciertos desengaños.

En este caso está especialmente el autor de MARÍA. Hace cuatro años que era completamente desconocido; hace tres que se presentó en Bogotá con un volumen de versos que fueron recibidos con raro entusiasmo; y hace pocos días que ha dado un nuevo volumen en prosa, conteniendo una novela bien elaborada, bien escrita, bien sentida. Regalos como éste no se hacen todos los días a la sociedad; y el regalo es doble, y doblemente precioso, porque si el libro vale mucho, el autor vale más.

El señor Isaacs vio la luz en Cali, y en el seno de las comodidades buscadas por su padre, inglés activo, industrial y caballeroso; pérdidas inmerecidas lo atrasaron, y la muerte vino en seguida a completar la ruina, arrebatando al laborioso jefe de la familia. La larga y sangrienta guerra del Cauca, desde 1860 hasta 1863, acabó la obra comenzada por la desgracia, y los hijos de Isaacs, huérfanos hoy de padre y madre, han tenido que bascar otros hogares y decir adiós al que fue el asilo de su infancia. Por fortuna para el autor de María, le ha tocado en suerte el hogar bogotano, cuna de su gloria, donde es profundamente estimado, menos por sus notables obras que por las buenas cualidades de su ser. Disputándose en él las que son propias de las tres razas de que desciende: era su padre inglés de nacimiento, pero de raza judía; el amor lo inclinó a la religión de Jesucristo y le dio otra patria, la nuestra, donde se estableció casándose con la hija de un capitán español. Así es que Jorge tiene en su apostura y en sus arranques, en sus ideas y en su pluma, reminiscencias hebraicas, españolas e inglesas. No es un tipo: es un original.

Es preciso tener en cuenta quién es el autor (y por eso lo hemos dicho) para hablar de la obra que anunciamos.

MARÍA es, como su autor, un ser triple, indefinible; es una Rebeca sajona viviendo en Sevilla. De la misma manera su autor es un ser indefinible; en poesía no es un Quintana, ni un Byron, ni un David; sino un David inglés hablando en castellano. María pertenece en literatura al género sentimental, pero no tiene sino una sola hermana, la Historia holandesa, porque es muy diferente de las otras novelas de esta clase, como Átala y Pablo y Virginia. Pablo y Virginia es la historia de dos niños solitarios, donde con poco esfuerzo pudo el autor pintar un amor inocente o, mejor dicho, infantil. María es la narración de los amores de dos jóvenes, rodeados de muchas personas, viviendo en una misma casa y profundamente enamorados. Por lo tanto, la pintura de su amor es más fecunda, más interesante, pero más delicada por más peligrosa. Y sin embargo es tan casta, que así como los dos amantes no se dijeron una sola palabra que no pudieran oír sus padres, así en el libro no hay una página que no pueda leer una madre de familia. Virginia es la pintura de un hogar excepcional, en que lo excepcional mismo constituye su principal encanto. No todos los días se ven dos madres viadas retiradas a una isla despoblada, teniendo la una una hija y una negra; la otra un hijo y un negro. Aquella simetría podrá ser, como es, muy bella; pero tiene que ser, como es, muy rara.

Saint-Pierre tuvo que arreglar primeramente las cosas a su gusto para describirlas después, y cuando un jugador arregla primero y a su gusto las piezas de su ajedrez, no puede tener gran trabajo en ganar su juego. María no es un hogar excepcional, sino común, y muy común. No hay simetría ni resortes creados ad hoc; no hay soledad, gran recurso para el caso, ni sociedad abundante, que es otro recurso muy grande. Lo primero fue el principal auxilio de Chateaubriand y Saint-Pierre; lo segundo es el mejor cómplice de Dumas y Sué. En María figuran el padre y la madre, dos hijos: Emma (personaje de comparsa en el cuadro) y Efrain, joven que vuelve de Bogotá a la casa paterna y se enamora de María, huérfana criada por sus tíos, los padres de Efraín. Hay un niño hermano de ésta, personaje innecesario para el inventor y del cual saca mucho partido el narrador, haciéndolo asistir a los castos y ardorosos diálogos de los dos amantes, como un garante de la pureza de aquellos amores. El niño Juan representa el papel del ángel de la antorcha en la Huida de Egipto de Vásquez: su antorcha sirve solamente para iluminar el rostro de la Virgen. Hay criados, colonos, vecinos que se visitan y un perro viejo llamado Mayo; cacerías, pasiones, deudas, trabajo, pesares, esperanzas, intriga, personajes secundarios útiles; hay, en fin, todo lo que se encuentra en una casa. María y Efraín no son dos niños en una isla desierta, como Pablo y Virginia, ni dos jóvenes solos en el Desierto, como Chactas y Átala; María y Efraín son dos jóvenes vestidos con telas europeas que vivieron en una hacienda del Cauca, se amaron, se fue él y... ¿para qué decir el fin de la novela? Es la prosa de la vida vista con el lente de la poesía; es la naturaleza y la sociedad traducidas por un castizo y hábil traductor. María es un idilio, un canto del hogar; una crónica casera, un conjunto de escenas dichosas y tristes, hábilmente descritas.

El mejor carácter, el más sostenido, es el de María, la protagonista, y después de ella siguen, por su orden de mérito, el del padre y el de Efraín. Los de la madre, Emma y el niño son los de una madre, una joven y un niño; quiero decir que no tienen nada de particular ni de irregular: son las medianías del hogar.

Entre los caracteres externos o extraños a la acción, el mejor de todos es el de Salomé, que está admirablemente descrito: el segundo el del boga del Dagua, y el tercero el de los colonos antioqueños. El pícaro y enamorado amante que hace rabiar a Salomé se conoce donde se le vuelva a encontrar; y si uno fuera a la choza de José, podría decir: aquella vaca es la Mariposa y aquel majadero es Lucas. Si uno va al Cauca y se cruza con un hacendado petimetre, de labios rosados y patillas peinadas, seguido de otro viajero de zamarros de chibo y cara de gaznápiro, puede saludarlos: ¡Adiós, señor don Carlos! ¡adiós, señor don Emigdio ! No hay cómo confundir a Tránsito con Salomé o Lucía, ni al insultoso amante de la segunda con el marido de la primera. Si se encuentran con los del lector los ojos de la muchacha y los guiña, Salomé se echará a reír y Lucía se avergüenza. Es, pues, también una novela de caracteres. Tal es, en extracto, la preciosa novela que mencionamos. Dejamos sin tocar las demás cualidades que la recomiendan, para que el lector no encuentre mal contado aquí lo que en el libro encontrará preciosamente escrito. Por otra parte, cómo contar en resumen aquellas originales y bellísimas escenas de amor, todas diferentes, todas animadas, en que las palabras pronunciadas a medias, describen la marcha impetuosa de la pasión; en que a veces una flor de más constituye una situación nueva? ¿Cómo describir aquellos magníficos paisajes del Cauca, émulos de los paisajes orientales, si no es leyendo la novela? Para contar lo que es María, sería preciso escribir otra María. Se puede describir una montaña, pero no se puede describir una alborada de verano. El que no la conozca, que la vea: no hay otro remedio para que se forme idea de ella.

Tal es MARÍA, obra que puede y debe obtener buena y cordial acogida no sólo en la patria sino en Europa.

MARÍA hará largos viajes por el mundo, no en las balijas del correo, sino en las manos de las mujeres, que son las que popularizan los libros bellos. Las mujeres la han recibido con emoción profunda, han llorado sobre sus páginas, y el llanto de la mujer es verdaderamente el laurel de la gloria.

Por lo que hace al autor, lo hemos saludado ya dos veces en sus dos triunfos: no desconfiamos de presenciar otro que consiga con su genio tan fecundo y tan múltiple; porque es de advertir que el autor de las poesías que se imprimieron hace dos años y de MARÍA, es también autor dramático, y tiene escritos cuatro dramas que han sido juzgados muy favorablemente por las personas que los han leído.

Estos primeros trabajos, unidos a la circunstancia de que su autor es muy joven, dejan vaticinar una carrera llena y... desgraciada tal vez, porque no hay ejemplo de que los hombres de genio hayan vivido felices. El privilegio de conmover los corazones se compra muy caro: al precio del propio corazón.

Mas sea lo que fuere lo que el destino guarde a Isaacs en lo porvenir, lo felicitamos por ser autor de tal obra; y al Estado del Cauca lo felicitamos por ser patria de tal autor.

Bogotá, junio de 1867.

J. M. VERGARA Y VERGARA.

A los hermanos de Efraín

He aquí, caros amigos míos, la historia de la adolescencia de aquél a quien tanto amasteis y que ya no existe. Mucho tiempo os he hecho esperar estas páginas. Después de escritas me han parecido pálidas e indignas de ser ofrecidas como un testimonio de mi gratitud y de mi afecto. Vosotros no ignoráis las palabras que pronunció aquella noche terrible, al poner en mis manos el libro de sus recuerdos: «Lo que ahí falta tú lo sabes; podrás leer hasta lo que mis lágrimas han borrado». ¡Dulce y triste misión! Leedlas, pues, y si suspendéis la lectura para llorar, ese llanto me probará que la he cumplido fielmente.

Capítulo I

Era yo niño aún cuando me alejaron de la casa paterna para que diera principio a mis estudios en el colegio del doctor Lorenzo María Lleras, establecido en Bogotá hacía pocos años, y famoso en toda la República por aquel tiempo.

En la noche víspera de mi viaje, después de la velada, entró a mi cuarto una de mis hermanas, y sin decirme una sola palabra cariñosa, porque los sollozos le embargaban la voz, cortó de mi cabeza unos cabellos: cuando salió, habían rodado por mi cuello algunas lágrimas suyas.

Me dormí llorando y experimenté como un vago presentimiento de muchos pesares que debía sufrir después. Esos cabellos quitados a una cabeza infantil; aquella precaución del amor contra la muerte delante de tanta vida, hicieron que durante el sueño vagase mi alma por todos los sitios donde había pasado, sin comprenderlo, las horas más felices de mi existencia.

A la mañana siguiente mi padre desató de mi cabeza, humedecida por tantas lágrimas, los brazos de mi madre. Mis hermanas al decirme sus adioses las enjugaron con besos. María esperó humildemente su turno, y balbuciendo su despedida, juntó su mejilla sonrosada a la mía, helada por la primera sensación de dolor.

Pocos momentos después seguí a mi padre, que ocultaba el rostro a mis miradas. Las pisadas de nuestros caballos en el sendero guijarroso ahogaban mis últimos sollozos. El rumor del Sabaletas, cuyas vegas quedaban a nuestra derecha, se aminoraba por instantes. Dábamos ya la vuelta a una de las colinas de la vereda en las que solían divisarse desde la casa viajeros deseados; volví la vista hacia ella buscando uno de tantos seres queridos: María estaba bajo las enredaderas que adornaban las ventanas del aposento de mi madre.

Capítulo II

Pasados seis años, los últimos días de un lujoso agosto me recibieron al regresar al nativo valle. Mi corazón rebosaba de amor patrio. Era ya la última jornada del viaje, y yo gozaba de la más perfumada mañana del verano. El cielo tenía un tinte azul pálido: hacia el oriente y sobre las crestas altísimas de las montañas, medio enlutadas aún, vagaban algunas nubecillas de oro, como las gasas del turbante de una bailarina esparcidas por un aliento amoroso. Hacia el sur flotaban las nieblas que durante la noche habían embozado los montes lejanos. Cruzaba planicies de verdes gramales, regadas por riachuelos cuyo paso me obstruían hermosas vacadas, que abandonaban sus sesteaderos para internarse en las lagunas o en sendas abovedadas por florecidos písamos e higuerones frondosos. Mis ojos se habían fijado con avidez en aquellos sitios medio ocultos al viajero por las copas de añosos gruduales; en aquellos cortijos donde había dejado gentes virtuosas y amigas. En tales momentos no habrían conmovido mi corazón las arias del piano de U***: ¡los perfumes que aspiraba eran tan gratos comparados con el de los vestidos lujosos de ella; el canto de aquellas aves sin nombre tenía armonías tan dulces a mi corazón!

Estaba mudo ante tanta belleza, cuyo recuerdo había creído conservar en la memoria porque algunas de mis estrofas, admiradas por mis condiscípulos, tenían de ella pálidas tintas. Cuando en un salón de baile, inundado de luz, lleno de melodías voluptuosas, de aromas mil mezclados, de susurros de tantos ropajes de mujeres seductoras, encontramos aquella con quien hemos soñado a los dieciocho años, y una mirada fugitiva suya quema nuestra frente, y su voz hace enmudecer por un instante toda otra voz para nosotros, y sus flores dejan tras sí esencias desconocidas; entonces caemos en una postración celestial: nuestra voz es impotente, nuestros oídos no escuchan ya la suya, nuestras miradas no pueden seguirla. Pero cuando, refrescada la mente, vuelve ella a la memoria horas después, nuestros labios murmuran en cantares su alabanza, y es esa mujer, es su acento, es su mirada, es su leve paso sobre las alfombras, lo que remeda aquel canto, que el vulgo creerá ideal. Así el cielo, los horizontes, las pampas y las cumbres del Cauca, hacen enmudecer a quien los contempla. Las grandes bellezas de la creación no pueden a un tiempo ser vistas y cantadas: es necesario que vuelvan a el alma empalidecidas por la memoria infiel.

Antes de ponerse el sol, ya había yo visto blanquear sobre la falda de la montaña la casa de mis padres. Al acercarme a ella, contaba con mirada ansiosa los grupos de sus sauces y naranjos, a través de los cuales vi cruzar poco después las luces que se repartían en las habitaciones.

Respiraba al fin aquel olor nunca olvidado del huerto que se vio formar. Las herraduras de mi caballo chispearon sobre el empedrado del patio. Oí un grito indefinible; era la voz de mi madre: al estrecharme ella en los brazos y acercarme a su pecho, una sombra me cubrió los ojos: supremo placer que conmovía a una naturaleza virgen.

Cuando traté de reconocer en las mujeres que veía, a las hermanas que dejé niñas, María estaba en pie junto a mí, y velaban sus ojos anchos párpados orlados de largas pestañas. Fue su rostro el que se cubrió de más notable rubor cuando al rodar mi brazo de sus hombros, rozó con su talle; y sus ojos estaban humedecidos aún, al sonreír a mi primera expresión afectuosa, como los de un niño cuyo llanto ha acallado una caricia materna.

Capítulo III

A las ocho fuimos al comedor, que estaba pintorescamente situado en la parte oriental de la casa. Desde él se veían las crestas desnudas de las montañas sobre el fondo estrellado del cielo. Las auras del desierto pasaban por el jardín recogiendo aromas para venir a juguetear con los rosales que nos rodeaban. El viento voluble dejaba oír por instantes el rumor del río. Aquella naturaleza parecía ostentar toda la hermosura de sus noches, como para recibir a un huésped amigo.

Mi padre ocupó la cabecera de la mesa y me hizo colocar a su derecha; mi madre se sentó a la izquierda, como de costumbre; mis hermanas y los niños se situaron indistintamente, y María quedó frente a mí.

Mi padre, encanecido durante mi ausencia, me dirigía miradas de satisfacción, y sonreía con aquel su modo malicioso y dulce a un mismo tiempo, que no he visto nunca en otros labios. Mi madre hablaba poco, porque en esos momentos era más feliz que todos los que la rodeaban. Mis hermanas se empeñaban en hacerme probar las colaciones y cremas; y se sonrojaba aquélla a quien yo dirigía una palabra lisonjera o una mirada examinadora. María me ocultaba sus ojos tenazmente; pero pude admirar en ellos la brillantez y hermosura de los de las mujeres de su raza, en dos o tres veces que a su pesar se encontraron de lleno con los míos; sus labios rojos, húmedos y graciosamente imperativos, me mostraron sólo un instante el velado primor de su linda dentadura. Llevaba, como mis hermanas, la abundante cabellera castaño-oscura arreglada en dos trenzas, sobre el nacimiento de una de las cuales se veía un clavel encarnado. Vestía un traje de muselina ligera, casi azul, del cual sólo se descubría parte del corpiño y la falda, pues un pañolón de algodón fino color de púrpura, le ocultaba el seno hasta la base de su garganta de blancura mate. Al volver las trenzas a la espalda, de donde rodaban al inclinarse ella a servir, admiré el envés de sus brazos deliciosamente torneados, y sus manos cuidadas como las de una reina.

Concluida la cena, los esclavos levantaron los manteles; uno de ellos rezó el Padre nuestro, y sus amos completamos la oración.

La conversación se hizo entonces confidencial entre mis padres y yo.

María tomó en brazos el niño que dormía en su regazo, y mis hermanas la siguieron a los aposentos: ellas la amaban mucho y se disputaban su dulce afecto.

Ya en el salón, mi padre para retirarse, les besó la frente a sus hijas. Quiso mi madre que yo viera el cuarto que se me había destinado. Mis hermanas y María, menos tímidas ya, querían observar qué efecto me causaba el esmero con que estaba adornado. El cuarto quedaba en el extremo del corredor del frente de la casa: su única ventana tenía por la parte de adentro la altura de una mesa cómoda; en aquel momento, estando abiertas las hojas y rejas, entraban por ella floridas ramas de rosales a acabar de engalanar la mesa, en donde un hermoso florero de porcelana azul contenía trabajosamente en su copa azucenas y lirios, claveles y campanillas moradas del río. Las cortinas del lecho eran de gasa blanca atadas a las columnas con cintas anchas color de rosa; y cerca de la cabecera, por una fineza materna, estaba la Dolorosa pequeña que me había servido para mis altares cuando era niño. Algunos mapas, asientos cómodos y un hermoso juego de baño completaban el ajuar.

-¡Qué bellas flores! -exclamé al ver todas las que del jardín y del florero cubrían la mesa.

-María recordaba cuánto te agradaban -observó mi madre.

Volví los ojos para darle las gracias, y los suyos como que se esforzaban en soportar aquella vez mi mirada.

-María -dije- va a guardármelas, porque son nocivas en la pieza donde se duerme.

-¿Es verdad? -respondió-; pues las repondré mañana.

¡Qué dulce era su acento!

-¿Tantas así hay?

-Muchísimas; se repondrán todos los días.

Después que mi madre me abrazó, Emma me tendió la mano, y María, abandonándome por un instante la suya, sonrió como en la infancia me sonreía: esa sonrisa hoyuelada era la de la niña de mis amores infantiles sorprendida en el rostro de una virgen de Rafael.

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María de Jorge Isaacs. El texto es de dominio público en EE. UU., transcrito por los voluntarios de Wikisource; esta es nuestra propia copia.

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