Memorias de un perro escritas por su propia pata
MEMORIAS DE UN PERRO
ESCRITAS POR SU PROPIA PATA
I
Soi humilde, i como tal, no niego a mis projenitores. Soi hijo de una gran perra i de un perro mo mui grande.
Soi perro de presa, pero nó de presos.
Nací en casa noble, i los primeros dias de mi infancia los pasé entre chiquillos que me hacian sufrir las penas de San Clemente.
Uno me cojia con las patas para arriba i la cabeza para abajo, esponiéndome a una conjestion cerebral; otro, por ponerme corbata, casi me estrangulaba; éste me aportillaba las orejas con tijeras para ponerme dormilonas; aquél me ataba un calabazo en la cola i me echaba a correr por patios i habitaciones.
Yo no tomaba otro desquite, cuando dormia con alguno de ellos, que mearle la cama; pero, cuando yo no hacía eso, i lo hacía el muchacho, siempre me echaban la culpa a mí, por aquello de que la soga se corta por lo mas delgado.
Un dia, los chiquillos estuvieron de fiesta. Uno de ellos se puso unas enaguas de la mamá atadas al cogote, simuló con una colcha una capa de coro, i se caló un bonete de presbítero de un tio canónigo, ¡i me bautizaron!
Si, señor, soi perro cristiano. Mi nombre de pila es Rompecadenas, hijo lejítimo de Fierabrás i de Filidora, un servidor de ustedes, siempre dispuesto a hacerles la pata.
Una vez me desgracié en la alfombra del salon, i la dueña de me cojió del cogote i me restregó el hocico en aquella inmundicia.
En vano quise protestar con lastimeros aullidos: todo fué inútil, el crimen estaba patente, aquello era canina de perro aquí como en la Meca.
Desde entónces tomé la firme resolucion de evadirme. Era una injusticia la que conmigo se cometia: los chicos hacian en la cama lo que yo habia hecho en la alfombra, i, sin embargo, su mamá no les restregaba la cara en el amarillo del rei.
¿Por qué esa crueldad conmigo?
Cuando solia yo salir a la puerta de calle, siempre se detenia a acariciarme una solterona de manton i alfombrilla, que tenia, al parecer, la intencion de cometer conmigo un rapto o abijeato. Yo le ladraba porque, a esa edad, no me gustaban las beatas.
Pero el dia en que sufrí tan inmundo castigo, correspondí a las caricias de la señora, que, sin ningun escrúpulo, me escondió debajo del manto i me llevó a su casa.
La beata vivia sola, sin otro compañero que un gato romano, a quien desde los primeros momentos le tuve mala voluntad. ¡Era romano, i yo detesto todo lo que viene de Roma!
El gato tampoco simpatizó conmigo porque, no hizo más que verme, i enarcó el lomo, encrespó la cola i me mostró las uñas i los dientes.
Aquel gato romano debió pertenecer en su tiempo i en su tierra a la capilla de seises de la Sixtina, porque llegaba el mes de Agosto, i a él no le dolian las muelas ni se iba a echar por esos tejados de Dios una cana al aire.
En esa parte, no lo niego, era un gato mui compuesto en sus modales i mui de su casa.
Debido a ese obligado celibato, a que era hábil cazador i a que su ama lo alimentaba a cuerpo de rei, estaba gordo i cacheton, i parecia gozar de buena salud. Aunque debia ser asmático, porque, sobre todo cuando metia las patas en la ceniza del brasero, le roncaba el pecho, pero no escupia nunca. En eso era mui bien educado.
Tambien lo era en el comer. Con una patita pasaba i repasaba el borde del plato, para cerciorarse de si la comida estaba o nó mui caliente, i en seguida se ponia a masticar con gran parsimonia i urbanidad.
Yo nó, siempre he sido goloso i tagarote; i debido a esto quizá nunca me avine a comer en un mismo plato con mi compañero.
A la casa no llegaba sino un caballero que vestia manto i basquiña como mi patrona, i que tenia en la parte posterior de la cabeza una cicatriz del tamaño de un peso fuerte; talvez lo habrian trepanado para sacarle agua del cerebro....
Las primeras semanas las pasé como un príncipe, salvo algunos pleitecillos con el romano, en los cuales intervenia el ama, dándome siempre a mí la razon, i al gato, un plumerazo.
Yo no me esplicaba esta parcialidad de la beata, hasta que una noche me obligó a hacer una porquería que solo pude tolerar gracias a que tengo estómago de perro.
Cada vez que lo recuerdo, me siento avergonzado.
Pero sírvanme de disculpa mi tierna edad i tambien el que el hombre de la basquiña hacía lo mismo que yo hacía.
I me parece que un perro no debe de avergonzarse de hacer lo que hacen los hombres!
Sin embargo, mi dignidad canina se resentia, el gato cacheton me daba unas batidas tremendas i no se ganaba para sustos. Así es que determiné dejar aquella casa i buscar un amo que fuera en lo continente como mi compañero el romano.
II
Un dia vi pasar a un soldado inválido, i me fui detras de él.
Yo me hacía esta refleccion: este pobre inválido, que ha perdido una pierna i un brazo por darle territorios i glorias a su patria, vivirá a racion de hambre, como viven todos los buenos servidores de esta tierra; pero, al ménos, en su tugurio podré roer un hueso con honradez i dignidad.
Cuando el inválido notó que seguia sus pasos, se detuvo i como que pareció enamorarse de mi figura, que ¡vamos! no era tan despreciable; con el brazo bueno sacó un pedazo de pan de su faltriquera, me lo arrojó al aire, i yo lo peloteé en el hocico con la mayor destreza. Esta lo cautivó, i haciendo castañuelas con los dedos, me decia: Pichicho! pichicho! pichicho!
Yo lo seguí hasta su rancho, donde, como soldado veterano, lo primero que hizo fué darme el rancho, que fué bastante frugal.
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