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Mendizábal
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Índice:
I, II, III, IV, V, VI, VII, VIII, IX, X, XI, XII, XIII, XIV, XV, XVI, XVII, XVIII, XIX, XX, XXI, XXII, XXIII, XXIV, XXV, XXVI, XXVII, XXVIII, XXIX, XXX, XXXI, XXXII, XXXIII.
Mendizábal
Nota de transcripción
- Los errores de imprenta han sido corregidos.
<li>La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con
las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.</li>
<li>Las rayas intrapárrafos han sido espaciadas según los modernos
usos ortotipográficos. La puntuación también ha sufrido ligeros
retoques para su modernización.</li>
<li>Las cartas y misivas se presentan sangradas para mejor distinguirlas
de otros entrecomillados.</li>
EPISODIOS NACIONALES
MENDIZÁBAL
Es propiedad. Queda hecho el depósito que marca la ley. Serán furtivos los ejemplares que no lleven el sello del autor.
B. PÉREZ GALDÓS
EPISODIOS NACIONALES
TERCERA SERIE
MENDIZÁBAL
15.000
MADRID
PERLADO, PÁEZ Y COMPAÑÍA
(Sucesores de Hernando)
Arenal, 11
1906
EST. TIP. DE LA VIUDA E HIJOS DE TELLO
IMPRESOR DE CÁMARA DE S. M.
C. de San Francisco, 4.
MENDIZÁBAL
I
Al anochecer de aquel día, el no sé cuántos de septiembre del año 35 (siglo XIX), llegó puntual al parador de no sé qué, calle de Alcalá, entre la Academia y las Monjas Vallecas, la diligencia, galerón o quebrantahuesos ordinario de Zaragoza, que traía los viajeros de Francia por la vía de Olorón y Canfranc, único portillo que dejaban libre en aquellos tristes días los porteros del Pirineo, vulgo facciosos.
No bien pararon las ruedas del polvoriento armatoste, fue cercado de gentes diversas: por una parte, familia o amigos de los pasajeros; por otra, intrusos, ganchos o buscones enviados por fondas y posadas. Con este contingente y los viajeros que iban bajando perezosos, según les permitían sus remos entumecidos, se formó al instante un apelmazado y bullicioso grupo. Produjéronse rumores diferentes: aquí salutaciones cariñosas; allí el restallido del besuqueo y los palmetazos del abrazarse; acullá ofertas importunas de pupilajes cómodos y baratos. Entre tantos viajeros, solo uno no tenía quien le esperase: nadie se cuidaba de él ni le decía por ahí te pudras, como no fueran los moscones de las casas de huéspedes. Era el tal un joven de facciones finas y aristocráticas, ojos garzos, bigotillo nuevo, melena rizosa y negra, que sería bonita cuando en ella entrara el peine y se limpiara del polvo del camino. Su talle sería sin duda airoso cuando cambiara el anticuado y sucio vestidito de mahón por otro limpio, de mejor corte. En lo más claro del grupo quedose como atontado palomino, contemplando el bullanguero tropel de gente descuidada y ociosa que por la calle a tales horas discurría. ¡Pobrecillo! Solo y sin maestro ni amigo a quien arrimarse, se lanzaba en aquel confuso laberinto; sin duda entraba gozoso y valiente, con la generosa ansiedad del mozuelo de veinte años a quien ha quitado el sueño y las ganas de comer, en las aburridas soledades de la aldea, la visión de la corte y de sus placeres y grandezas, tal y como las aprecian desde lejos los que empiezan a vivir, los que se hallan en pleno retoñar de ideas tempranas, producto fresco de las primeras lecturas, de las primeras pasiones, de la ambición primera, que tanto se parece a la tontería.
Embobado, como digo, estaba el hombre, contemplando el ir y venir de vagos bien vestidos, cuando le hizo volver en sí una voz bronca y desapacible que en el corro gritaba:
—¡Don Fernando Calpena! ¿Quién es don Fernando Calpena?
—No vocee usted tanto, que yo soy —dijo el mancebo, un tanto asustadico—. ¿Qué se le ofrece?
—Véngase conmigo, señor —replicó el otro, como sin ganas de entrar en explicaciones—. Tengo el encargo de llevar a usted a una casa de huéspedes.
—¿Encargo?, ¿de quién?... ¿Se puede saber?
—Del señor don Manuel, el segundo jefe de la Superintendencia.
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