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Gerona
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EPISODIOS NACIONALES
GERONA
Es propiedad. Queda hecho el depósito que marca la ley. Serán furtivos los ejemplares que no lleven el sello del autor.
Imprenta de los Sucesores de Hernando, Quintana, 33.
B. PÉREZ GALDÓS
EPISODIOS NACIONALES
PRIMERA SERIE
GERONA
41.000
MADRID
LIBRERÍA DE LOS SUCESORES DE HERNANDO
Calle del Arenal, núm. 11.
—
1908
GERONA
En el invierno de 1809 a 1810 las cosas de España no podían andar peor. Lo de menos era que nos derrotaran en Ocaña, a los cuatro meses de la casi indecisa victoria de Talavera: aún había algo más desastroso y lamentable, y era la tormenta de malas pasiones que bramaba en torno a la Junta Central. Sucedía en Sevilla una cosa que no sorprenderá a mis lectores, si, como creo, son españoles, y era que allí todos querían mandar. Esto es achaque antiguo, y no sé qué tiene para la gente de este siglo el tal mando, que trastorna las cabezas más sólidas, da prestigio a los tontos, arrogancia a los débiles, al modesto audacia, y al honrado desvergüenza. Pero sea lo que quiera, ello es que entonces andaban a la greña, sin atender al formidable enemigo que por todas partes nos cercaba.
Y aquel era enemigo, lo demás es flor de cantueso. Me río yo de insurrecciones absolutistas y republicanas, en tiempos en que el poder central cuenta con grandes elementos para sofocarlas. Aquello no se parecía a ninguna de estas niñadas de ahora, pues con las tropas que Napoleón envió a España a fines del año 9 constaba de trescientos mil hombres el ejército invasor. Los nuestros, dispersos y desanimados, no tenían un general experto que les mandase; faltaban recursos de todas clases, especialmente de dinero, y en esta situación el poder central era un hormiguero de intriguillas. Las ambiciones injustificadas, las miserias, la vanidad ridícula, la pequeñez inflándose para parecer grande como la rana que quiso imitar al buey, la intolerancia, el fanatismo, la doblez, el orgullo rodeaban a aquella pobre Junta, que ya en sus postrimerías no sabía a qué santo encomendarse. Bullían en torno a ella políticos de pacotilla de la primera hornada que en España tuvimos, generales pigmeos que no supieron ganar batalla alguna; y aunque había también varones de mérito así en la milicia como en lo civil, o no tenían arrojo para sobreponerse a los necios, o carecían de aquellas prendas de carácter sin las cuales, en lo de gobernar, de poco valen la virtud y el talento.
Tuvo la Junta allá por marzo el malísimo acuerdo de restablecer el Consejo de Castilla, fundiendo en él todos los demás Consejos suprimidos; y cuando esta antigualla se vio de nuevo con vida; cuando esta máquina roñosa, inútil y gastada se encontró otra vez puesta en movimiento, allí era de ver cómo pretendía gobernar el mundo. La fatuidad de aquellos consejeros que tanto adularon a José no tenía igual. Desde que se les puso en juego, empezaron a intrigar con quien les había sacado del olvido, y decían que la Junta era ilegítima. Valiéndose de D. Francisco Palafox, hermano del defensor de Zaragoza; de Montijo, a quien hemos visto en alguna parte; del Marqués de la Romana y de otros pájaros, llenaron de enredos a la Junta y a la Comisión ejecutiva. Por último, en la Regencia, última metamorfosis de aquel poder tan nacional como desgraciado, también sembraron cizaña los del Consejo. Esta pandilleja no era otra cosa que el partido absolutista, que ya empezaba a sacar la oreja; y para que desde el principio se tuviera completa noticia de su existencia, también repartió dinero entre la tropa, fiando sus esperanzas a una sedición militar que por entonces quedó frustrada. Nada de esto era ya nuevo en España, porque el motín de 19 de marzo en Aranjuez, de que, si mal no recuerdo, hice mención, obra fue de la misma gente; mas no se valieron solo de la tropa, sino también de varios cuerpos facultativos y distinguidos, como los lacayos, pinches y mozos de cuadra de la regia casa. En Sevilla azuzaron a lo que un gran historiador llama con enérgico estilo la bozal muchedumbre, y hubo frecuentes serenatas de berridos y patadas por las calles; mas no pasó de aquí.
Un arma moral esgrimían entonces unos contra otros los políticos menudos, y era el acusarse mutuamente de malversadores de los caudales públicos, grosero recurso que hacía muy buen efecto en el pueblo. Cuando se disolvió la Junta en Cádiz, hubo un registro de equipajes de lo más vil y bochornoso que contiene nuestra moderna historia; pero no se encontró nada en las maletas de los patriotas, porque estos, malos o buenos, tontos o discretos, no tenían el alma en los bolsillos, ni la tuvieron aún sus inmediatos sucesores, años adelante.
Perdonen ustedes si me ocupo de estos sainetes de la epopeya. Lo extraño es que las miserias de los partidos (pues también entonces había partidos, aunque alguien lo dude) no impedían la continuación de la guerra, ni debilitaban el formidable empuje de la Nación, con independencia de las victorias o derrotas del ejército. Verdad es que las discordias de arriba no habían cundido a la masa común del país, que conservaba cierta inocencia salvaje con grandes vicios y no pocas prendas eminentes, por cuya razón la homogeneidad de sentimientos sobre que se cimentara la nacionalidad, era aún poderosa, y España, hambrienta, desnuda y comida de pulgas, podía continuar la lucha.
Cansaría a mis amados lectores si les contara detalladamente mi vida durante aquel funesto año 9, que comenzado con las proezas de Zaragoza, terminaba con el desastre de Ocaña y la dispersión del ejército español. Por fortuna no me encontré en aquella jornada, pues incorporado al principio del año al ejército del Centro, me destinaron en agosto a la división del Duque del Parque, y asistí a la acción de Tamames. Poco puedo decir de la de Talavera que no sea por referencia, pues el 27 y 28 de julio me encontraba en Puente del Arzobispo; y aunque algo podría contar de la campaña del Duque del Parque, lo omito por no cansar a mis amigos. A fin del año servía en la división de D. Francisco Copons, que con las de D. Tomás Zeraín, de Lacy y Zayas guardaba el paso de Sierra Morena; porque ha de saberse que los franceses, envalentonados hasta lo sumo y reforzados con nueva tropa, se disponían a invadir la Andalucía, a los diez y ocho meses de la batalla de Bailén, ¡a los diez y ocho meses! Las fuerzas de que disponíamos apenas merecían el nombre de ejército, y el del Duque de Alburquerque, único que aún se conservaba en buen estado, no podía tampoco resistir el empuje de los franceses victoriosos, y se retiraba hacia el mediodía para proteger la residencia del poder central.
¡Qué situación, amigos míos! Esto pasaba, como he dicho, al poco tiempo de aquella brillante y rápida campaña de junio y julio de 1808; y los mismos lugares que antes nos vieron victoriosos y llenos de orgullo, presenciaban ahora el triste desfile de los dispersos de Ocaña, que a cada instante volvían el rostro con inquietud creyendo sentir las pisadas de los caballos de Víctor, Sebastiani y Mortier.
—¡Quién hubiera creído —dije a Andresillo Marijuán, cuando almorzábamos en una venta de Collado de los Jardines— que habíamos de desandar tan pronto este camino! Ahora me parece que no paramos hasta Cádiz.
—Con paciencia se gana el cielo —me contestó—. Yo tengo toda la que pueden dar siete meses de bloqueo como el de Gerona. Todavía estoy admirado de encontrarme vivo, Gabriel. Pero dime, ¿dónde has ganado esa charretera? ¿Creerás que yo no soy nada? Digo mal, porque dentro de la plaza me hicieron a modo de sargento, y a estas horas nadie me ha reconocido mi grado. Haré una reclamación a la Junta.
—Yo gané mis grados en Zaragoza —respondí con orgullo—, y también te aseguro que al cabo de un año conservo cierta duda de si seré yo mismo el que en aquellos fieros combates se halló, o si después de muerto me habré trocado en otro sujeto.
—Bien dicen que en Zaragoza y en el ejército del Centro se dieron los grados como quien echa almorzadas de trigo a las gallinas. Amigo Gabriel, en España no se premia más que a los tontos, y a los que meten bulla sin hacer nada. Dime, teniente de almíbar, ¿en Zaragoza comiste ratones flacos y pedazos de estera fritos con grasa de asno viejo?
Reíme de la pregunta, y los circunstantes dieron broma a Marijuán, porque este, desde que se nos unió cerca de Almadén del Azogue en los últimos días del año, nos había venido aturdiendo con el perenne contar de sus privaciones y hambres en Gerona.
—En mi mochila —continuó el aragonés— tengo un diario del sitio que escribió en la plaza el Sr. D. Pablo Nomdedeu, y os lo daré a leer, para despertar el apetito cuando estéis desganados. Por ahora en marcha, que me parece dan orden de tomar soleta hacia abajo.
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