El juguete rabioso
R O B E R T OA R L T
EL JUGUETE RABIOSO
NOVELA
COLECCION DE AUTORES NOVELES
E D I T O R I A LL A T I N A
BUENOS AIRESMCMXXVI
ROBERTO ARLT
Nació en la Capital Federal el 26 de Abril de 1900.
Se inició en la literatura con "JEHOVA" cuento que publicó en Revista Popular" dirigida por Juan José de Solza Reilly, en el año 1916. Colaboró posteriormente en "Ultima Hora" y en la actualidad en "Pros", "Mundo Argentino" y "Don Goyo" en relatos humorísticos.
EL JUGUETE RABIOSO, su primer libro, es una novela que pinta la vida de los pilluelos de ciertas parroquias de Buenos Aires.
Prepara "LA PRINCESA DE LA LUNA" y "LOS SIETE LOCOS", novelas también.
A Ricardo Guiraldes:
Todo aquel que pueda estar junto a Ud. sentirá
la imperiosa necesidad de quererlo.
Y le agasajarán a Ud. y a falta de algo más her-
moso le ofrecerán palabras. Por eso yo le dedico
este libro.
CAPITULO I
LOS LADRONES
Cuando tenía catorce años me inició en los deleites y afanes de la literatura bandoleresca, un viejo zapatero andaluz que tenía su comercio de remendón junto a una ferretería de fachada verde y blanca, en el zaguán de una casa antigua en la calle Rivadavia entre Sud América y Bolivia.
Decoraban el frente del cuchitril, las polícromas carátulas de los cuadernillos que narraban las aventuras de Montbars el Pirata y de Wenonga el Mohicano. Nosotros los muchachos al salir de la escuela, nos deleitábamos observando los cromos que colgaban en la puerta, descoloridos por el sol.
A veces entrábamos a comprarle medio paquete de cigarrillos Barrilete, y el hombre renegaba de tener que dejar el banquillo, para mercar con nosotros. Era cargado de espaldas, carisumido y barbudo, y por añadidura algo cojo, una cojera extraña, el pié redondo como el casco de una mula con el talón vuelto hacia afuera.
Cada vez que le veía recordaba este proverbio que mi madre acostumbraba a decir: "Guárdate de los señalados de Dios".
Solía echar algunos parrafitos conmigo, y en tanto escogía un descalabrado botín entre el revoltijo de hormas y rollos de cuero, me iniciaba con amarguras de fracasado en el conocimiento de los bandidos más famosos en las tierras de España, o me hacía la apología de un parroquiano rumboso a quien lustraba el calzado y que le favorecía con veinte centavos de propina.
Como era codicioso sonreía al evocar al cliente, y la sórdida sonrisa que no acertaba a hincharle los carrillos arrugábale el labio sobre sus negruscos dientes.
Cobróme simpatía a pesar de ser un cascarrabias y por algunos cinco centavos de interés me alquilaba sus libacos adquiridos en largas suscripciones. Así entregándome la historia de la vida de Diego Corrientes, decía:
—Ezte que chaval, hijo... que chaval... era ma lindo que una rroza y lo mataron lo miguelete...
Temblaba de inflexiones broncas la voz del menestral:
—Ma lindo que una rroza... zi er tené mala zombra... Recapacitaba, luego:
—Figúrate tú... daba ar pobre lo que quitaba ar rico... tenía mugé en toos los cortijo... si era ma lindo que una rroza...
En la mansarda apestando con olores de engrudo y de cuero, su voz despertaba un ensueño con montes reverdecidos. En las quebradas había zambras gitanas... todo un país montañero y rijoso aparecía ante mis ojos llamado por la evocación.
—Si era má lindo que una rroza y el cojo desfogaba su tristeza reblandeciendo la suela a martillazos encima de una plancha de hierro que apoyaba en las rodillas. Después, encogiéndose de hombros como si desechara una idea inoportuna, escupía por el colmillo a un rincón, afilando con movimientos rápidos la lezna en la piedra.
Mas tarde agregaba:
—Verá tú que parte má linda cuando lleguez a doña Inezita y ar ventorro der tío Pezuña y observando que me llevaba el libro me gritaba a modo de advertencia:
—Cuidarlo niño que dineroz cuesta... y tornando a sus menesteres, inclinaba la cabeza cubierta hasta las orejas de una gorra color ratón, hurgaba con los dedos mugrientos de cola en una caja, y llenándose la boca de clavillos continuaba haciendo con el martillo, toc... toc... toc... toc...
Dicha literatura que yo devoraba en las "entregas" numerosas, era la historia de José María, el Rayo de Andalucía, o las aventuras de Don Jaime el Barbudo y otros perillanes más o menos auténticos y pintorescos en los cromos que los representaban de esta forma:
Caballeros en potros estupendamente enjaezados, con renegridas chuletas en el sonrosado rostro, cubierta la colilla torera por un cordobés de siete reflejos y trabuco naranjero en el arzón. Por lo general ofrecían con magnánimo gesto una bolsa amarilla de dinero a una viuda con un infante en los brazos, detenida al pié de un altozano verde.
Entonces yo... soñaba en ser bandido, y estrangular corregidores libidinosos; enderezaría entuertos, protegería a las viudas y me amarían singulares doncellas...
restoring your place…
fetching the rest…